24 de octubre de 2016

Concurso cuento corto: ¿Cómo?




¿Cómo?

Esa mañana al levantarse, decidió que los mataría a todos. Que, uno a uno, caerían gracias a ella. Pero, ¿cómo lo haría? Se lo preguntó en silencio, casi como un viejo susurro a la altura de su oído derecho mientras se cepillaba los dientes.

¿Podría asesinar a su padre con un cepillo de dientes color rosado? Escupió el agua mientras decidía que no. Y mientras observaba absorta el armario se preguntó sí a lo mejor apuñalar a su madre con un gancho dejaría demasiada sangre en el suelo. Y bueno, no es que le gustara de a mucho limpiar.

El viaje a la universidad, como ya era una costumbre en sí misma, fue un trayecto largo y poco acogedor. Las voces llegaban en susurros demasiado lejanos para ser entendidos y lo que sus ojos veían no eran más que formas sin rostro.

¿Empujar a su hermano mayor contra un bus sería demasiado descabellado? No tendría que limpiar y la culpa jamás recaería en ella, eso era un punto a favor. Pero no, tal vez podría pensar en algo mejor.

Algo como comprar un arma, o incluso mejor, aprender a armar bombas caseras con algún tipo de tutorial de internet. ¿Había tutoriales para eso? A lo mejor sí, el problema serían los materiales. Aunque sin duda, así sería más fácil, acabaría con todos y sus compañeros serían los primeros.

Las clases, el almuerzo e incluso el viaje de regreso a casa… Todo permaneció teñido por la acostumbrada pared transparente entre ese mundo y el suyo. Los vio reír, incluso – con el mayor descaro, sí puede decirlo – intentar bromear con ella. ¿Quiénes se creían que eran? Deseó, con más fuerza aún, matarlos a todos.

Pero un libro no servía, tal vez un lapicero o un lápiz muy afilado podrían causar alguna herida de consideración. Y aun así, no lo hizo, demasiado problemático. Le harían demasiadas preguntas, y lo peor todo, podrían quedar vivos.

Permaneció tras su pared, observándolos con odio contenido, con palabras amontonadas en la garganta y el lápiz aferrado con demasiada fuerza en su mano mientras seguían pensando cómo, cómo llevarlo a cabo.

Iba a matarlos a todos.

Pero primero tenía que pensar cómo y tenía que ser perfecto: sin sangre, sin preguntas, sin desconfianzas, rápido y certero. Eso fue lo que decidió esa noche, sobre su cama y bajo sus sábanas. Sin embargo, tendría que dejarlo para mañana.


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