31 de octubre de 2016

Concurso cuento corto: El susto de mi vida

 
El susto de mi vida
 
— ¡Les juro que no es una broma!
 
La voz hizo eco alrededor de la cueva. Dos pares de ojos observaban fijamente en la oscuridad hacia el lugar de donde había salido la voz. A su vez, un tercer par de ojos los observaba completamente abiertos del terror.
 
— ¡Se los dije! No quería venir a acampar pero ustedes tuvieron que ser tan testarudos y obligarme a venir justo el 31 de octubre cuando todos ellos se alborotan más. Quiero irme a casa
 
La voz estaba escandalizada y se escuchaba una respiración agitada. A pesar de la completa oscuridad que reinaba en la cueva, siempre fue fácil para ellos reconocer quienes estaban alrededor. Desde pequeños siempre fueron un trio de amigos muy unidos. Jugando en los jardines, tomando almuerzos juntos, todo era sencillamente calmado. Años más tarde, Becka y Jason decidieron que les gustaban las aventuras extremas y el pobre Harold siempre era arrastrado con ellos. Exploraciones en el bosque, saltando a aguas profundas, observando lugares tenebrosos. Aventuras en efecto de adrenalina pero nada tan arriesgado como acampar en el bosque un 31 de octubre.
 
Siempre fue un mal día para buscar aventuras, las energías fluctúan mucho en el “Halloween” y demasiadas criaturas salen de sus lugares, sin embargo, Harold aceptó ir con sus amigos a acampar. Entrada la noche, necesidades naturales hicieron que Harold fuera a buscar un arbusto, solo para encontrarse con haces de luz muy cerca del lugar donde se encontraba. No era nada natural, no era una buena señal y definitivamente era bastante tenebroso. Corriendo devuelta al lugar del campamento, Harold alertó a Becka y a Jason quienes huyeron del lugar adentrándose en el bosque hasta encontrar una pequeña cueva que bloqueaba hasta el más pequeño rayo de luz nocturna.
 
— Tranquilo Harold, no será fácil que nos encuentren, además dudo que te hallan seguido.
 
La dulce voz de Becka hizo que Harold dirigiera su mirada hacia el lugar donde se encontraba ella. Su corazón latía sin cesar en una mezcla de miedo, adrenalina y otros sentimientos que eran dirigidos únicamente hacia ella. Ignorando el caos dentro de sí mismo, Harold respiró lentamente hasta calmarse. Justo en ese instante, una voz extraña hizo eco desde las afueras de la cueva. Al parecer, si los habían seguido, haces de luces se hicieron visibles desde la entrada de la cueva y dos siluetas oscuras aparecieron caminando entre la luz de la luna. Eran horribles, uno solo tenía parte de su cabeza cubierta de largo pelo, sus ojos eran más grandes de lo normal y reflejaban la luz de la luna, tenía muchas capas de algo extraño en su cuerpo al igual que la segunda silueta. La segunda era bajita, había algo circular en su cabeza que taba la parte superior de esta, sus ojos eran pequeños y grotescos. Las dos siluetas se acercaron a la cueva y los haces de luces creados por las linternas iluminaron el interior de la cueva.
 
Vacío.
 
La silueta alta miró a su compañero y se ajustó las gafas mientras una brisa sacudía su largo cabello.
 
— Estas seguro que viste algo John?
 
John, estaba mirando atentamente un par de rocas dentro de la cueva, tomó su gorra con una mano y sacudió algo de tierra que había sobre ella.
 
— Te juro que vi algo María, no bromearía con este estilo de cosas, sabes que más que nadie me gustaría ver algo fuera de lo común.
 
Con suspiros de derrota, María y John siguieron caminando guiados por la luz de las linternas. Minutos más tarde dentro de la cueva, una singular roca se comenzó a mover, un par de brazos aparecieron junto a un cuerpo humanoide de color verde oscuro, un par de cuernos similares a los de una cabra se alzaban desde cada lado de su cabeza. Respiraba rápidamente, mientras sus dos ojos completamente verdes miraban una estalactita de color negro la cual cayó pesadamente en el suelo revelando dos alas terminadas en tres dedos y tres ojos negros en su único cuerpo sin extremidades inferiores. Finalmente, un pozo de agua tomó forma de mujer y miró a las otras dos criaturas sonriendo juguetonamente
 
— Se los dije, son tontos después de todo.
Jheon

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