3 de noviembre de 2016

Concurso cuento corto: Desolación y calma.




Desolación y calma.

No siento más que un vacío en mi pecho, el cosquilleo en mis muñecas se incrementa con el paso de los minutos, no puedo pensar en otra cosa, perdida, dolor, un mundo que desapareció aquellos amores que jamás volverán, la lluvia empapa mi ser hasta los huesos, dos ataúdes, uno blanco como el color de las nubes en un día despejado y el otro ébano , oscuro, regio y solemne como el árbol, mi amor yace en aquellos cofres, no puedo pronunciar palabra, la oscuridad crece en mi interior, regresé a ella y ya nunca lograré salir.
 
Ambos se fueron al tiempo, dejándome triste, vacía y casi ajena a las cosas que pasan a mi alrededor. Las dos familias se miran mal entre ellas, siempre se odiaron yo era lo único que tenían en común; ahora también tienen dos tumbas contiguas, a pesar de todo el odio en nuestro entorno esas personas me querían más que a nada en el mundo y yo a ellas más allá de lo imaginable.

No puedo pronunciar palabra, quiero huir de ahí, pero no puedo, estoy clavada al suelo, no siento más que el cosquilleo en las muñecas, sus ataúdes descienden, yo añoro estar con ellas, muero con cada segundo. La ira se abre paso entre la oscuridad, quiero que el mundo sufra, quiero que se queme, que agonice, justo como yo lo hago en estos inst antes, ¿cómo el mundo puede estar tan tranquilo y en paz si yo estoy destrozada viendo la muerte entrar y destrozar todo en mi vida?

Aquella felicidad de la que él, ella y yo disfrutábamos hace poco tiempo me parece tan lejana, casi como un sueño, ¿cómo se atrevieron a dejarme atrás? Sé que no lo hicieron a propósito, nadie elije morir en un alud, pero la idea de estar sin ellos, si antes hacía que agonizara ahora hace que muera, mi vida se acorta a cada segundo como la de todos y la arena en mi reloj empieza a caer con asombrosa rapidez.

El aguacero al final dispersa a ambas familias, mi fuerza falla y termino arrodillada en medio de sus tumbas, los sepultureros se apresuran a cubrir lo que alguna vez fue mi vida con la tierra húmeda.

La juventud escapa de nuestras manos a cada segundo, no debemos malgastarla en cosas banales, soa decir aquel hombre de larga cabellera. Y es justo por eso que debemos gornosla a cada momento soa contra atacar aquella chica de ojos soñadores, yo estaba entre ellos como el réferi, todos tres tan diferentes pero nos unía un amor sin igual, una risa nerviosa escapa de mis labios, esto aterroriza un par de personas que visitaban a sus familiares.

El aguacero arrecia aduras penas puedo ver las inscripciones en sus tumbas, ver sus nombres grabados en la piedra lo hace tan real, poco a poco pierdo la respiración, estoy angustiada, no encuentro nadie a mi alrededor, al fin estoy sola, mi grito desgarra el cementerio, un alma condenada atrapada en un cuerpo sobre el que se cierne la oscuridad.

Abro los ojos, solo mi cuello responde, giro mi cabeza hacia el sitio donde aquel joven de larga cabellera descansa en el cofre de ébano, giro hacia el otro lado, donde la chica de ojos soñadores descansa en su cama de nubes, tengo los brazos abiertos el cosquilleo se detuvo, un líquido tibio emana de mí, el carmesí tiñe la tierra, mis amores vuelven a al mismo tiempo que la poca calidez que había en mi cuerpo desaparece, tar un poco más pero estoy regresando sus brazos donde el mundo tiene sentido, cierro los ojos por última vez.

Una nueva luz ilumina un lugar desconocido, a me esperan ellos.

    - No te esperábamos tan pronto, dice él con parca voz

    - No pude aguardar ni un segundo más sin ustedes, me animo a responder, la calidez se apodera de mí y sonrío sin saber muy bien como.
     
    - No interesa nada de esto te hubiésemos esperado una eternidad si hiciese falta, bienvenida a casa, me dice una melodiosa voz.

Escrito por Athenea Mejía

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