11 de noviembre de 2016

Concurso cuento corto: En la orilla


En la orilla

Imagina que un día tomas tu moto, atas un cajón a la parrilla, compras algunos objetos de uso diario y recorres las quintas del lago Calima para probar suerte con los agregados. Eres tan confiado como un niño y no tienes problema para hacerte amigo de tus clientes, que ahora vendes ropa, zapatos, perfumes y cosas como esas para ahorrarles el viaje al pueblo más cercano o a la capital. También haces trueques por frutas, animales o por cualquier objeto peculiar que los patrones ya no usan, como palos de golf gastados. Pasado un tiempo, contratas a un muchachito para que lleve tus cuentas. Entonces, en algún momento, después de explorar cada camino a tu paso, de subida por la cordillera sin perder de vista el lago en ningún momento, y de bajada por los senderos que se ramifican en las quintas exuberantes y conducen hacia algún puerto apacible, sucumbes al encanto del paisaje y encuentras un lugar tranquilo para volver el fin de semana a pescar con los niños.

Así trabajaba mi papá, algo que ni siquiera se tomaba muy en serio; para él se trataba de una aventura, de un descubrimiento constante porque nunca dejó de jugar y yo creo que por eso decidió trabajar así y no le iba mal.

Pero su plan no se iba a llevar a cabo. Ahora todo es diferente porque ya no vives con tus hijos, que no entienden por qué los adultos hacen lo que hacen y prefieren esperar y quedarse ese domingo junto a su mamá. Entonces, te pones de acuerdo con el muchacho que te acompaña, y este lleva a un joven, que va en su moto, y salen del pueblo. Todavía no entiendo esa costumbre de andar con un muchachito de acá para allá, como si fuera un caballero con su escudero. ¿Recuerdas que te dije que de pequeño mi papá había pensado ser cura? A veces pienso que debió hacerlo y quedarse tranquilo en una iglesia, rodeado de monaguillos, pero luego me arrepiento y no quiero pensar más en el asunto. Él no podría estar encerrado; no me lo imagino sino en su moto de un lado a otro con la mercancía y su muchacho, disfrutando de la libertad y del aire frío.

Apenas recuerdo esos tiempos cuando nos llevaba a pescar. No hacíamos más que poner una carnada tras otra y quedarnos callados cuando trataba de adivinar a qué pajarito correspondía el canto que escuchábamos; cuando daba las gracias a Dios por el lugar tan bonito en el que nos había reunido. Luego, no aguantábamos la risa y lo sacábamos de su ensoñación, burlándonos de su aire solemne. Pero a él no le importaba y nos seguía el juego. Siempre esperábamos que saliera con una de sus ocurrencias y payasadas y se nos pasara el día riéndonos. Pero en ese momento no estábamos para juegos, yo no y me hermano me siguió.

Bien, a media tarde de domingo, estás sentado en un recodo del lago, bajo la sombra de muchos árboles, que se reflejan en la superficie como si un bosque saliera del agua o se dibujara un cuadro entre este mundo y otro y pareciera que te rodea o te llama y te absorbe con el ruido del viento que pasa entre las hojas. A esa hora no se escucha más que el follaje arrullador y una que otra lancha que pasa lejos y distorsiona la imagen de las ramas en el agua. A él le gustaban mucho los paisajes, por eso me lo imagino con la vara a un lado, concentrado en el reflejo del bosque, en el sol que hace brillar el agua en el horizonte, como lucesitas, mirando la sombra de las nubes que pasan lentamente sobre las montañas al otro lado, sin importarle si pescaba algo o no. Esa tarde estaría tan concentrado en lo que veía, sin darse cuenta de lo que hacían los muchachos, tal vez extrañándonos, recordando nuestras las tardes de pesca, que a lo mejor ni siquiera habrá sentido la proximidad de sus pasos. Ojalá no lo haya sospechado ni sentido nada. Yo creo que no; con lo elevado que era…

Augusto sar

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