11 de noviembre de 2016

Concurso cuento corto: David y el gigante


 
David y el gigante


Había un pastor, su nombre era David Aunque era pequeñito él fue a la lid Había un gigante pero David no temió

Cogió una honda y cinco piedras escogió.

Una piedra puso en su honda y la echó Otra piedra puso en su honda y la echó Así, así, así la echó

El gigante cayó

Y con su misma espada la cabeza le cortó.

Canción infantil cristiana

En un mundo frío vivió hace mucho tiempo un joven pastor llamado David. Estaba cubierto de pies a cabeza con tantas pieles que daba la apariencia de un oso al que le costara trabajo caminar. Su piel pálida reflejaba la nieve que caía del cielo y su mirada trasmitía la transparencia de los mares congelados, un poco triste. Sin embargo, cada día que pasaba era más cálido que el anterior y los hielos, que cubrían la faz de la tierra desde los tiempos del diluvio, poco a poco se derretían para revelar el nacimiento de montañas, valles y praderas, y una capa de hierba que se extendía por donde quiera que se posara la vista. Solo al norte se veía el monte que algún día dio fruto de toda especie, rocoso, con un inmenso árbol seco a punto de caer al vacío. Al sur, un lago permanecía congelado.

Con el paso del tiempo, así como retiraba lana de sus ovejas, David se despojaba de sus vestiduras. Vestía un pequeño chaleco, un pantalón y sandalias. Una blanca bufanda, como recuerdo de épocas pasadas, se ondeaba al viento cuando corría tan veloz como las águilas surcaban el cielo, con su cabello dorado bajo los radiantes rayos del sol. Su rostro cada díase tornaba más enrojecido; su mirada, resplandeciente. Al amanecer, con los primeros indicios de luz, guiaba al rebaño con el cálido sonido de su arpa, melodías que se sonaban hasta caer la oscura y fría noche.

Un día de intenso calor, David lleva el rebaño a un río cercano pero encuentra con asombro que su caudal está seco. Antes de que pueda reaccionar, el suelo tiembla como si se enfrentaran dos grandes ejércitos y le parece ver a lo lejos, en dirección al lago, una montaña que se mueve. Pronto descubre que se trata de un gigante como nunca antes había visto, con cadenas cubriéndole el cuerpo, que se arrastran y abren surcos en la tierra. Sin otro lugar donde esconderse, David conduce a las ovejas hacia el lecho del río y, con una cándida sonrisa, les dice Yo estaré con ustedes. Elige algunas piedras y sale al encuentro de la enorme criatura. Cuando se dispone a llamar su atención, descubre que esta oculta su rostro de los rayos del sol. Entonces, David toca el arpa y se asegura de que el gigante lo siga mientras corre como un relámpago hacia el monte, donde podrá igualar la altura de su oponente y acertar un disparo.

Sube por el risco con gran emoción. El calor se intensifica a cada paso. Trepa por el tronco del árbol seco, pero la bufanda se enreda en una de las ramas. Pierde el equilibrio, tropieza y cae al abismo. El cuello de David resiste el peso de su cuerpo. Trata de liberarse. Pero es inútil. Su piel se torna tan blanca como antaño. El brillo glacial regresa a su mirada. Cuando ya no puede más, suelta el arpa, extiende con dificultad los brazos al sol, y es lo último que puede ver cuando el gigante escucha cómo se rompe el instrumento contra las piedras, ondea la cadena que cuelga de su brazo y de un sólo golpe parte la montaña a la mitad.

Del lugar del impacto fluye un manantial que se desplaza por el cauce del río. Cuando el gigante, guiado por el ruido de la corriente, llega al lago, descubre que puede ver. Se lame los labios, extiende las alas como de murciélago y se aleja entre un vapor rojizo que oculta al sol. Atrás, sobre la superficie del agua, quedan los cuerpos lacerados del rebaño, y la bufanda, que se ondea en el aire, teñida de escarlata.

Augusto César

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