26 de octubre de 2017

Concurso de Cuento corto: La Paz se hace letra 20.17: Cuervo de Alas Rotas.



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Cuervo de Alas Rotas.

y recita con inspirado acento: “Y mi alma, de esa sombra que allí flota fantasmal, no se alzará… nunca más.” Acto seguido, oscuridad total, silencio absoluto, paz perfecta.

El comienzo no mucho dista de todos los demás. Tal vez se habrá cansado de la ilusoria idea de vivir de lo que amas, idea vendida y bastardeada por seres corruptos y avaros, como vampiros alimentándose de sueños ajenos. Él se consolaba años atrás diciendo que nada podía ser peor que como sucedía en el siglo XXI, pero después de tantas décadas, el tiempo mismo le ha demostrado que sí.

Al caminar, gustaba de escrutar con aséptica mirada a cada una de las personas que a la lejanía veía venir, y que sabía que más temprano que tarde, estarían hombro a hombro. Y en todos veía lo mismo; rostros, que, como espejos, reflejaban el hastío de una rutina diaria que los carcomía por dentro día tras día. Detalla a un personaje en un restaurante: traje, saco, corbata, portafolio negro, y un celular que no deja de llevarse a la oreja tras cada pitido sin dar tregua para que, por lo menos, el hombre pudiese comer a gusto. Pero no, hábilmente, ya como por costumbre; por un lado de la boca masticaba apurado, y por el otro, discutía su horario una y otra vez, tratando de hacer encajar juntas y reuniones, para después salir trepidante sin siquiera, agradecer por la comida. Los pensamientos de Ángel son escalpelos que perforan y abren cuán bóveda su cráneo: ¿Te hace rendir el tiempo el afán?, ¿Es así como celebramos la oportunidad de estar vivos y respirando? Apenas podemos recordar qué vino antes de este precioso momento. De esta sacra realidad. ¿Es ésta la forma en que invertimos nuestros no-contados días en esta parábola de la vida? Ángel empieza a aguzar la vista: frentes perladas con gotas de sudor, personas mirando angustiosamente el artilugio en sus muñecas, cejas arqueadas, cejas fruncidas, febriles miradas. Pululan ojos de desconfianza, y pulcritud en el egocentrismo.

Con la moral y fe suficientemente abolladas, Ángel vuelve a su oscura burbuja, puesto que sus poco diáfanas cortinas no dejan pasar mayor rayo de luz.

El artefacto de metal se vuelve cada vez más pesado en sus manos.

Aquellos que le sirvieron de hogar por muchos años, quedarán destinados a acumular polvo, abandonados en un librero. No hay nada para él allá afuera, y no le sorprende que eso no le haya dejado estupefacto.

El artefacto de metal hace un click intimidante.

Estira un brazo para alcanzar a su mejor amigo olvidado ya por el nuevo mundo, y uno de sus mejores refugios. Abre el tomo justo en la página que él conocía ya de memoria… y recita con inspirado acento: “Y mi alma, de esa sombra que allí flota fantasmal, no se alzará… nunca más.” Acto seguido, oscuridad total, silencio absoluto, paz perfecta.


Ángel ha tirado del gatillo, las alas de este cuervo se han roto.

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