30 de octubre de 2017

Concurso de Cuento corto: La Paz se hace letra 20.17: LOS VISITANTES





                                     LOS VISITANTES


Transcurría callada la noche, como todas las noches en aquel pueblo que parecía olvidado por Dios. Rosario y su anciana madre cenaban. El antiguo reloj de pared marcó las siete. Siete campanadas lentas. Ambas mujeres experimentaron como si esos sonidos a los que estaban acostumbradas, esta vez les hubiesen tocado la médula. Rosario levantó la mirada y la perdió en el vacío de aquella sala inmensa, después de un rato de silencio miró a su madre y de repente giró su rostro hacia la ventana, como quien espera algo. Se sobresaltó, abrió sus grandes ojos verdes y el corazón le dio un vuelco en su pecho. El aire estaba helado y así como un dolor tenue y permanente entraba por la puerta de la cocina. Rosario continúo callada comiendo y mirando de forma continua hacia la ventana, no lo podía evitar, tanto así que su madre notó el insistente movimiento pero no dijo nada. De repente se escuchó un estruendoso ruido en el techo. Ambas quedaron petrificadas sin saber que hacer, parecían dispuestas a correr pero se encontraban paralizadas por el miedo. El ruido cesó de repente y en forma total, así como el final de una historia, sin dejar pistas de si regresaría. Después de un instante, Rosario respiró profundamente y dijo:

-Creo que fue un gato o una rata en el tejado.

Su madre se apresuró a contestar:

-No puede ser... nunca hacen tanto ruido. Es mejor que vayamos hasta la caseta del vigilante.

  • Pero a mí me da miedo salir, recuerda que hace dos días el alumbrado se encuentra dañado, todo está muy oscuro allá fuera.

Fue la respuesta de Rosario, pero al terminar de pronunciar la frase, las luces de la casa se apagaron.

-Se fue la energía

Dijo Rosario, tratando de sonar lo más natural posible, no quería que su madre se diera cuenta que además de estar espantada, otro sentimiento la invadía.

-Voy a buscar un fósforo para encender estas velas”

Contesto la señora, quien se levantó y cuando tuvo la caja de fósforos en sus manos la abrió en forma apresurada y encendió con uno de los cerillos las dos velas colocadas en un par de candelabros y se volvió a sentar. Las velas encendidas comenzaron a luchar por no dejarse apagar por el viento que ahora además de entrar por la cocina parecía penetrar por cada rendija de la casa, el esfuerzo de éstas fue infructuoso, de un momento a otro se extinguieron. El lugar quedó alumbrado de manera tenue por la débil luz que emitía todas las noches la lámpara de petróleo encendida por costumbre y ubicada encima del muro que dividía la sala del comedor.

-Ojalá no demore el daño en la energía.

Dijo Rosario, tratando de romper el silencio. El comentario fue interrumpido por un viento fuerte y helado que azotó al tiempo las puertas de la cocina y del estudio. Al escuchar el golpe seco en la penumbra, las dos mujeres se levantaron de sus sillas y se abrazaron. Prendida la una de la otra como aferradas a una tabla de salvación, comenzaron a caminar despacio hacia la puerta de la calle, ya no cabía duda, saldrían. Pero Rosario pareció pensarlo mejor y dijo:

-Es mejor llamar por teléfono al vigilante, el trecho que debemos caminar es largo y está muy oscuro allá afuera.

-Sí

Respondió la anciana. Rosario se dirigió al teléfono, levantó el auricular pero sólo escuchó un doloroso silencio que la llenó de un sentimiento de derrota.

-Parece que también se dañó el teléfono. Mamá no hay remedio, debemos ir hasta la caseta del vigilante.

Ambas mujeres se dirigieron a la puerta de entrada de la casa, la señora se adelantó y trató de abrirla pero no lo logró, se encontraba atrancada. Rosario apartó a su madre e intentó que la cerradura respondiera pero fue inútil. Algo parecía impedir que abriera. Rosario sin pensarlo dos veces se dirigió a la ventana, su madre se quedó allí de pie observándola. Rosario corrió la cortina y su rostro expresó sorpresa y tranquilidad al ver hacía el otro lado del vidrio. En ese instante dijo:


-Ah, son ustedes, ya están aquí.

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