1 de noviembre de 2017

Concurso de Cuento corto: La Paz se hace letra 20.17: Un perpetuo ensueño



Un perpetuo ensueño
                                                                       Por: Hilda

El mejor momento del día es cuando estás a punto de despertar; pero aún no lo haces. Cuando tus músculos están totalmente relajados y todavía no eres consciente de la realidad. Ahí sonrío y me concentro. Congelo esa sensación para tenerla el resto del día. La felicidad es ser inconsciente de la realidad, porque esta se encuentra plagada de tristezas, hambre y pobreza. Esa relajación todos los días se la quiero provocar al mundo. Que se olviden de lo demás mientras la risa los posee y les hace cosquillas por todo el cuerpo. 

Desde los seis años me di cuenta del poder de vivir en ensoñaciones. Mi vida es ser payaso. Río por vivir y vivo por hacer reír. Fui testigo de los horrores de la violencia, el egoísmo y la ambición. Nací en Cracovia, Polonia, el 1 de Enero de 1910. Mi padre murió en manos de unos soldados austriacos cuando se negó a entregar sus tierras a unos desconocidos. Me crie con mi madre y cuatro hermanas entre vacas, gallinas, perros y pasto. Mis hermanas amaban vestirme y pintarme la cara para jugar. Ellas, sin darse cuenta, despertaron en mí el placer por hacerlas reír con mis disfraces. Lo hacía cada vez que recordábamos a papá y ellas empezaban a llorar. Entendí que el mundo podía ser un perpetuo sueño, riendo para no llorar. 

A los diez años decido comprar con mis ahorros una tela de rayas rojas y amarillas. Conseguí unos palos y un pedazo de cartón. Y así, junto con mis hermanas, fundo el circo Maravillas. Al principio sólo iban nuestros vecinos. El número fue creciendo cuando la gente se daba cuenta que podía escapar de la realidad y viajar a un mundo de sueños con cada sonrisa. La guerra quedaba fuera de la carpa. Dentro, las armas eran los globos, los malabares, las luces, las bromas, la música y las carcajadas.

Es 1939, la familia Maravillas ha llegado a Moscú y el público nos ama. El circo lleva más de quince años. Juntos, hemos superados los oscuros recuerdos de la guerra riéndonos de ellos. Este globito de risas ha viajado cosechando carcajadas en medio de lo que parecía sombrío. A pesar de que los años me están tomando factura y los largos inviernos no me dejan respirar, cosecho semillas de esperanza y alegría, y lo haría hasta el último momento.

Hoy quise hacer un número que no acostumbro a hacer. Sigiloso, camino a paso lento de izquierda a derecha del escenario entre la penumbra de una tenue luz azul. Por primera vez la duda apuñaló mi mente. Mis zapatos grandes y narizones se mueven más lento de lo acostumbrado. El naranja alegría de mi traje, hoy es un naranja agonía. Tanta miseria, tanto dolor, tanta indolencia, egoísmo y violencia, ¿cómo soy tan descarado de reírme del mundo cuando este bebe de las penas? Y lo peor, querer que otros se rían sin importar que cuando crucen la puerta de esta carpa la vida los abofetee en medio de la pobreza. La enfermedad me hizo consciente del sufrimiento. Me hizo temerle a la muerte. Siempre viví por hacer reír, olvidándome de que los demás no viven en medio de colores, saltos, serpentinas y sonrisas. Sobreviven entre la miseria de la explotación del trabajo, el abandono, la injusticia, el perpetuo dolor. 

Toda una vida en pedazos, en instantes incontables. La nostalgia abraza mi alma. El frío recorre mi piel. Me arrodillo. Agacho la cabeza y cierro los ojos. Lasya entona sus notas al ritmo de la tristeza del mundo, de mi tristeza por dejar el mundo. Un suspiro del corazón encalambra de frío mis brazos y como siempre quise morir, lo hice con una sonrisa de oreja a oreja por haber hecho olvidar a otros, así fuera por un instante, la crudeza de la vida, de lo inevitable; aún si cuando salen tienen que enfrentar lo injusto. Este cuerpo que tantas carcajadas le robó a la Unión Soviética, a mi amiga, la que ha padecido tanto, hoy los deja en el show de mi vida, con una sonrisa y un llanto amarrado a la garganta, porque no quisiera dejar jamás de hacer sonreír en medio del eterno invierno.

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