7 de noviembre de 2017

Concurso de Cuento corto: La Paz se hace letra 20.17: Indeleble




Indeleble

Syril se lanzó al suelo y se ocultó detrás de unas rocas, en un intento desesperado por huir de la Guardia Real. Mientras corría, esta perdió parte de su codo, puesto que se había roto por golpear un árbol de acero. Se quedó callada mientras a lo lejos escuchaba los gritos de los guardias, que la buscaban afanosamente. La orden emitida por los Consejeros del Rey había sido muy clara: Syril debía extinguirse en el Horno del Castigo.

Su mente estaba inundada por pensamientos contradictorios. Por un lado, estaba abatida por dejar a su familia. Sabía que sus padres serían encarcelados por su culpa. Pero, por otro lado, sentía ira contra aquel gobierno represivo, contra aquellas leyes que la condenaban sin razón justificada. —¿Cómo podría reprimirse la curiosidad? ¿Cómo podría aplacarse ese deseo de saber, de conocerlo todo?—se preguntaba. Syril estaba confundida. Deseaba con todo su ser regresar el tiempo y cambiar los hechos que habían originado todos sus problemas, pero sabía que no había vuelta atrás y debía mantenerse en movimiento, si quería conservar su vida.

Pero antes de continuar con su escape, lo recordó todo. Tres eventos solares atrás, lo que equivaldría a tres días terrestres, Syril se encontraba en el taller de su padre. Mientras él forjaba armas de hierro para la Guardia Real, conversaba con ella sobre la vida y las costumbres de Vítreus, su planeta natal. Norbelus amaba a su hija y adoraba la manera en que ella cuestionaba todo a su alrededor:

—Padre, ¿por qué debo esperar cinco ciclos solares más? No es justo, siento que hay tanto en el mundo por ver y descubrir. Siento que estoy perdiendo tiempo valioso de mi vida—comentaba Syril.

—Ya te lo he dicho varias veces, hija. Sólo podrás abrir tus ojos cuando se cumpla tu doceavo ciclo solar. Sabes que las leyes de Vítreus son rígidas al respecto. Y en ese momento, se te asignará un compañero, el cual te acompañará hasta tu fundición final— respondió Norbelus.

—¿Y qué pasaría si abro mis ojos antes de ese ciclo? ¿Y si no deseo pasar mi vida con un extraño?—indagó Syril.

—Serías condenada a ser fundida en el Horno del Castigo, querida. No puedes rechazar la pareja que el Consejo del Rey elige para ti. Además, si abres los ojos antes del tiempo destinado para ello, llevarás contigo la marca en tu pecho del primer objeto que veas. En mi caso, llevo impreso el rostro de tu madre, Elysea. Dentro de un tiempo tendrás la oportunidad de conocer su rostro—explicó Norbelus—.Sabes que nuestro cuerpo está hecho de vidrio y por ello es importante que el símbolo que cargues sea el de tu compañero. De lo contrario, llevarías contigo una marca de deshonra y serías rechazada por todos— añadió él.

Syril había quedado desilusionada luego de escuchar a su padre. Tenía tantas ganas de abrir sus ojos. Podía sentir, oír y probar el mundo que le rodeaba, pero no podía verlo. Sabía que si se atrevía a mirar el mundo antes de tiempo, la huella que tendría no podría ocultarse jamás. Pero su curiosidad era insaciable. Estaba obsesionada con la idea de conocerlo todo, de verlo todo. Y entonces, un evento solar antes de su condena, Syril se despertó en la noche. Lentamente y sin hacer ruido, caminó hasta el jardín trasero de su casa. Sintió ansiedad porque sabía que le abría las puertas a lo prohibido, pero la emoción venció y finalmente abrió sus ojos. En ese instante su rostro apuntaba al cielo nocturno, despejado y sereno. Las estrellas brillaban con tal fulgor que casi se podían tocar, y las tres que conformaban el cinturón de Orión quedaron impresas para siempre en su pecho.

A partir de aquel momento su vida quedó sumida en caos. Logró abandonar su casa antes de que la apresaran, puesto que los vecinos habían regado el rumor de una mujer que se había revelado y amenazaba con destruir los principios y las leyes del reino. Su hogar, su familia, su honra, todo lo había perdido. Por ahora, su única salida era dirigirse al planeta del exilio, Ventura.


El Caballero de las Flores.



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