1 de noviembre de 2017

Concurso de Cuento corto: La Paz se hace letra 20.17: AMOR IMPOSIBLE



AMOR IMPOSIBLE

Siento que la madrugada se acerca lentamente a nuestro nido de amor y poco a poco me voy preparando para arrullar tu sueño. Te siento tan cerca de mí, casi inmóvil y me pregunto: ¿Será que duermes o estarás en alerta, en uso de toda tu conciencia?

Sé que respiras, que te mueves, que creces, que sudas, que lloras; pero no logro verlo. También, tengo la seguridad que tú sientes mi presencia; pero no sé si me amas tanto como yo a ti.

A veces pienso que puedo volar muy lejos de ti. Y de hecho, a veces lo hago, pero siempre regreso con el viento a tus brazos.

¿Te cuento algo? Apenas me alejo y vuelvo mis ojos hacia ti, te encuentro grande, potente, casi indestructible y te observo en silencio, casi en un acto de contemplación y veo como tus grandes pies se afirman en la tierra dejando tu huella, como si un puñal la atravesara y en vez de dañarla, la hicieras vivir. Sigo por tu cuerpo que se levanta erguido, grueso y fuerte. Tu piel que se torna en diferentes tonos de café, exhibe las huellas de las batallas diarias, de las cuales avante has salido. Tus enormes brazos que se levantan hacia el cielo, en los cuales me refugio, le dan la seguridad a mi delicado cuerpo. Me detengo y pienso de nuevo: ¿Quién cuidará de mí? ¿Quién me dará protección? ¿Quién me defenderá de la lluvia, de la brisa, de mis propias indefensiones? Entonces reconozco que me haces mucha falta, por eso vuelvo pronto hasta ti y te abrazo fuerte. Pero nunca dices nada.

Al llegar la tarde, cuando agradezco al día por haber tenido la oportunidad de estar contigo, mis cantos y mis silbidos te van adormeciendo y vas quedando inmóvil, en calma, en paz, sin que mis alborotos logren perturbarte.

Yo no sé cuánto tiempo pueda continuar así contigo. Mi vida seguramente será más corta que la tuya; pero al menos, he disfrutado cada instante en el que juntos hemos dado color a nuestras vidas y a la vida sosa de muchos otros.

En el silencio de nuestra noche, me acurruco junto a ti lo más que puedo y vuelvo a pensar ¿Cuánto podré soportar tu indiferencia? La palabra que no liberas, la aspereza de tu roce, tu pasmosa quietud y hasta la fortaleza de roble que hay en tu ser.
Me consuelo a mí mismo diciéndome él es así, aunque otras veces me quejo por mi terquedad de admirarte más que a mí mismo. Si por fin me decido, vuelo lejos y desaparezco de tu existencia, ¿Qué harás?

Y con estos pensamientos vuelvo a dormirme en un pedacito de tus calientes brazos y de tus largos dedos.

Y en la medida que esto ocurre, recapacito y digo fuertemente: Que más le puedo pedir a un árbol, que no puede hablar y sentir como nosotras, las aves!


                                                                                                 
KONG

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