4 de noviembre de 2016

Concurso cuento corto: Azul



­Azul­

Imaginé mi casa de la mayor parte de mi infancia. Recordé la pintura azul que se compraba cada año para pintar la fachada. Ese azul cielo, que al plasmarse terminaba acompañado de una franja de pintura blanca en la parte baja de la pared. En mi mente se abren millones de escenas repetidas en una, entraba por la puerta blanca y justo a la derecha, estaba mi cuarto (mejor, mi cueva) en el que habían dos cuartitos diseñados para dos baños que a la final resultaron ser los huecos de los checheres y objetos que en algún momento se "iban a utilizar" pero que en realidad solo servían para llenar ese espacio pequeño, sin luz, y sin puerta. Uno de los dos huecos más tarde representaría para el sitio ideal para crear escenarios en mis juegos.

Andrés, había dado por perdido todo ese pedazo de mi vida, pero ha vuelto con tu llegada a mi memoria, otra vez. La entrada repetida a esa casa es como ese cinco de mayo donde escaneaste mi pasado y prometiste decírmelo todo (nunca supe que era ese todo) pero... no estoy escribiendo de ti, te estoy escribiendo a ti, sobre mi casa, así que continuaré. Imagínate Andrés, frente de mi cuarto estaba la sala; allí se encontraba una grabadora que tenía una especie de láser que parpadeaba todo el día. En mis noches de fiebre alta y alucinaciones era mi mayor enemigo, no sabes lo difícil que es tratar de escapar por la puerta cuando te observa un punto rojo que no para de titilar y decir: que estás ahí. Además de ser de por sí complicado debido a la fiebre.

Al otro lado de la sala estaba el cuarto de mis abuelos, allí, de manera segura, podía encontrar las llaves de la casa cuando me dejaban encerrada para que: “nadie me robara" o pudiera estar segura en caso de que "la guerrilla se volviera a entrar al pueblo". Yo no me salía de la casa, joven Andrés. Sólo encontraba las llaves para dejar que mis vecinos infantes entraran y pudiéramos jugar, pero nunca deje entrar ni a la guerrilla ni a los ladrones. Eso es seguro.

La cocina quedaba en la parte trasera, justo frente a los baños donde la araña salvaje me atacó una madrugada en la que no había luz, ¿será que recuerdas esa historia? Luego seguía el patio, lleno de pasto y gallos y conejos y a veces con muchos bultos de papa, o maíz que mi abuelo guardaba para vender al otro día en la plaza.

Me parece algo peculiar el patio, tenía funciones extraordinarias; entre esas, comunicarnos los chismes de los patios vecinos y tener un hueco inmenso en uno de los límites en caso de que, al que no pudiera entrar por la puerta a mi casa, lo podían hacer por allí. Lo maluco fue cuando se salieron las gallinas y nos tocó perseguirlas como locos. Si vieras Andrés, estoy segura que hubieras sido uno de los más entretenidos en dicha tarea. Allí fue donde enterré a todas mis mascotas con el ritual más sagrado y con un discurso salido del alma. Luego me enteré que las mismas gallinas desenterraban los cuerpos y mi abuela debía votarlos al basurero. Eso fue más doloroso que cuando te vi con ella, pero entierro es entierro.

En esa casa viví más de diez años, Andrés. Luego la vendieron, la lavaron, pusieron baldosa al patio, pintaron todo: las marcas de mi estatura, los rasguños del perro, mis intentos artísticos hechos en mi cuarto; cerraron mi hueco, el color azul se fue. ¿Recuerdas cuando hablábamos de los espacios vitales y la marca que dejan en nuestra identidad? Mi casa ya no era esa. No era azul y ya no estaban todos los elementos que la hacían mía. Ahora solo es una casa conocida, ya no es azul ni mía, solo es azul en mi mente, como vos.

Mg.

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