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VI Concurso de Cuento Corto: “ENTRE MUERTOS”






 

La pala que había resistido las embestidas de miles de cosechas y que el papá de mi abuelo la había heredado del suyo, acababa de romperse por la mitad después de un sonido seco como de leña que se quiebra y una chispa reventara la neblina que cubría el cafetal. Mi abuelo, un tipo que partía peinillas pero nunca palas, reconoció algo más en la estridencia del sonido que aún continuaba pegado en las hojas mojadas de la montaña; “Aquí hay guaca”, dijo, y su compadre que llevaba rato recostado contra un árbol verduzco de cara triste tratando de espantar una tos, abrió los ojos, levantó las cejas como si dijera con su ademán “si lo dice Herney que es el mejor de los guaqueros, entonces así es”, y afirmando mi interpretación dijo, sin mirar a nadie después de limpiarse con el borde de un trapo rojo que llevaba en su hombro una hebra de babas que le colgaba del bigote, “Sí lo decís vos Herney, yo te creo”, entonces cuando Álvaro, que así se llamaba el compadre, alzó su pala al cielo, dobló las rodillas y apretó con los dientes el trapo con el que se acababa de limpiar las babas, y antes que el filo le hiciera una cicatriz a la tierra, mi abuelo le gritó “¡esperá huevón, no ves que esto por acá está rezáo!”, entonces Álvaro, como si se acordara de una penitencia, soltó el pedazo de trapo de su boca y se devolvió dos pasos, y al hacerlo, se enredó con un tipo de pasto alto que llaman el atrapa bobos, entonces se fue de espaldas y por la inclinación de la montaña, siguió rodando hasta que lo detuvo la espesura del monte varios metros abajo. Los pájaros salían volando de los arbustos donde iba estrellándose; los perros ladraban a los lejos, y el bus que venía cada 3 semanas reventó las distancias con un cornetazo; “quédese aquí”, me dijo mi abuelo mientras sus ojos se movían de arriba abajo y de abajo a los lados buscando el sitio por dónde empezar a descender por la montaña; antes que le diera una idea, había desaparecido y solo se podía rastrear su presencia por la vibración en la copa de los árboles en los que se recostaba a medida que bajaba. Pasaron algunos minutos y la quietud se hizo de nuevo en su lugar, y como un imán, mis ojos no podían despegarse del objeto con el que la pala se había estrellado y del cual había una esquinada asomada y que parecía más oscura que hace un momento; entonces tomé la pala que dejó don Álvaro, y como yo no creía en estas cosas de los viejos, empecé a cavar.

 

“Se cortó con el machete”, me gritó mi abuelo, “está botando mucha sangre”, pero yo seguía cavando, y entre más emergía en su totalidad el objeto, más ignoraba las ampollas que a esas alturas me cubrían toda la palma de las manos; la pala se quebró cuando descubrí la primera inscripción que decía “no”, entonces tomé el machete y haciendo palanca empecé a quitar la tierra que rodeaba el objeto, y en una preocupación remota por mi abuelo y don Álvaro, le grité “¿Cómo va todo, necesita que lo ayude a subir?” -aun sabiendo que no quería bajar-, pero no recibí respuesta y tampoco me preocupé porque mi abuelo siempre fue un sujeto atravesado por silencios que lo sorprendían a uno en cualquier hora del día.

 

Seguí raspando los pedazos de tierra con el borde filudo del machete sobre la inscripción, y en un movimiento brusco la hoja encontró una contención, pero mi mano siguió de largo y se estrelló contra el filo manchado por el pasto de un machete prominente marca Pacora. La sangre se mezcló con tierra oscura y con el sudor que me salía desde el cuerpo y me llegaba al alma; la sangre parecía café colado. Entonces estiré la mano y quité el último trozo de tierra y vi lo que sería mi última advertencia: “No desenterrar porque se mueren”.



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