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VIII Concurso del cuento corto, SANTA ELENA CITY

Dicen que estoy loco. Algunos se preguntan cómo terminé aquí, pescando en el caño de la galería Santa Elena. Yo les digo que no es ningún caño, que es un río, pero que ellos todavía no lo pueden ver. Se ríen de mí, tomándome como un caso perdido. Qué más da, sigo en lo mío, tratando de pescar alguna rata en este majestuoso río negro que se extiende por toda la ciudad.

¿Que cómo uno termina viviendo a la orilla de un caño, en medio de la basura y de los adictos? Eso es fácil de responder, toda la respuesta radica en que uno se aburre, se cansa, se fastidia de llevar una vida inalterable. Se cansa de las mañanas en las que te levantas y quieres seguir durmiendo, pero sabes que si sigues durmiendo al rato llegarán las llamadas de tu jefe para preguntarte no cómo estás, sino cuánto tardas en llegar. Un ser humano normal se fastidia del día a día, de la lucha por la supervivencia urbana, de los malos tratos entre nosotros mismos, de los horarios, de las metas que tienes por cumplir. Díganme ustedes si alguna vez no han pensado en tirar la toalla, sé que es un sentimiento mutuo, así que no los juzgo, más bien los entiendo.

¿Qué pasa cuando uno se cansa? Sencillo, en mi caso particular dejé todo tirado y me vine para acá. Para la orilla del caño. Armo mi cambuche todas las noches, y al amanecer, un policía de esos que “hacen bien su trabajo” me lo derrumba y me toca irme un rato a caminar, a sentarme en los parques para escribir un rato. Pero la policía me persigue hasta en los parques. “Algo estás tramando”, me dicen cuando me ven con el esfero y el papel. Yo solo me río y me voy.

También, hace poco escuché que me decían marica, disque porque me han visto durmiendo abrazado a otro man. Pero yo no soy marica, lo que pasa es que en las noches el frío no perdona a nadie en esta galería y, al ver a mis conciudadanos en el suelo, durmiendo cobijados solo por el viento que parece el presagio continuo de la lluvia, me detengo al verlos y me acuesto a su lado. Para darnos calor, viejo, para hacerles saber que no están solos y que la noche se nos haga más llevadera.

Entonces, me preguntan por qué pesco ratas. Yo les respondo que de vez en cuando todos nos tenemos que dar un gustico, que no solo ustedes tienen derecho a comer carne. “¿Por qué no vas al comedor comunitario?” ¿Y aguantarme sus caras? Qué pereza. Soporté sus caras de desprecio por muchos años, y no voy a volver a ellas solo por un plato de comida, no vale la pena. Prefiero quedarme aquí, ver esas aguas negras correr, ver el espectáculo que me regala el caño cuando llueve. Esas que aguas crecen y amenazan con desbordarse. Me gustaría que esas aguas se desbordaran y me arrastraran hacia sus adentros, para poder nadar con las ratas por toda esta ciudad agreste.

Alguien, un día, mientras estaba acostado sobre la orilla del caño viendo el sol de las dos de la tarde, me advirtió que estaban haciendo una disque limpieza de todos nosotros en la ciudad, pero pues yo no le paré muchas bolas. ¿Qué peligro puede causar alguien que duerme al borde del caño y escribe de vez en cuando? Pero pues, en una madrugada, alguien que pateaba mi cambuche me despertó. Salí para confrontarlo. Era un venezolano que estaba más muerto de miedo y que ni a la cara me miró. Me le paré de frente con mi libreta en una mano y el bolígrafo en la otra y le dije: “Hacele, hijueputa”. Me pegó el tiro en el pecho y me tumbó. Solo escuché que antes de irse me dijo: “Esta ciudad es pa’ bailar salsa, meter perico y tomar trago, no para un marica como vos que te la pasás con esa libreta de allá para acá”. En mi mente solo quedó el asombro de que aquel venezolano ya dominaba por completo el vocabulario caleño, y me apagué.




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