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Quinto Concurso de Cuento Corto: La Nevera

 

La nevera

 

Darlyn G.


¿Una nevera? ¿qué es lo que podría pasar? todos tenemos una en casa...

Lo miro y me sigue dando asco y pavor. «pero es mi dueño» da igual yo soy su nevera, nunca pensaría nada malo de mí...

Después de pensarlo varios días, he ingeniado un plan para deshacerme de él, esta carga que me mata diariamente, me toca con sus sucias manos y ni siquiera me hace el mantenimiento que se debe, lo odio, no hay más palabras para describir lo que siento.

Cada día se levanta y se mete al baño, lo sé porque yo estoy ahí todo el tiempo, en esta pequeña casa no se puede ocultar nada. Cuando sale del baño ni siquiera se lava las manos

«solo pensarlo me hace arder el motor», se acerca a y tira la puerta como si yo fuera nada, porque ni siquiera se preocupa por llenarme, pero lo que más me indigna es su mirada morbosa hacia mí cuando me abre, para al final de cuentas no sacar nada ni un hielo, porque eso es lo único que guardo en mi interior, además de ira y rencor.

El óxido me carcomía, grandes pedazos de pintura medio blanca ya por los años caían a diario por mis metales, había cucarachas y moscas debajo de mí, no soportaba más esa miserable vida.

Por eso como decía en líneas anteriores, tengo una idea para deshacerme de ese despreciable monstro que me quiere destruir y en lugar de eso lo haré yo...

Un día cómo lo habitual se despertó y fue al baño, cuando salió tenía una llave en la mano, que nunca supe para que era, y se acercó a mí, esa mañana me alisté muy bien, encendí mi luz interior todo lo que pude para que me viera bien, alisté todo el hielo y esperé...

Cuando abrió mi puerta, se le cayó la llave que llevaba en sus pestilentes manos, esa era mi oportunidad. Sí, ese era mi momento.

Cerré la puerta con fuerza y él por un momento se congeló, le vi el terror en sus ojos, suplicando por su vida, pero ya era demasiado tarde, trató de escaparse y en ese preciso instante me dejé caer sobre su frágil cuerpo y pude sentir sus huesos destrozándose, sus brazos dejar de hacer fuerza y haciéndose pequeño, se iba desapareciendo su vida lentamente; sentí un alivio indescifrable, su nevera vieja y oxidada había tomado el control y ahora era libre.

Ese sentimiento duró unos pocos minutos hasta que me di cuenta que soy muy pesada para levantarme y huir; y lo peor es que lo tenía a él debajo de mí, pudriéndose...

Quizá mi destino era a su lado, y este no se altera jamás, ahora estoy aquí, condenada a oler su cuerpo hasta que yo deje de funcionar o alguien lo encuentre y me arroje al basurero, y hasta entonces seguiré siendo yo, la nevera, su nevera...

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