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Cuarto concurso de cuento corto: BANQUETE




BANQUETE


Me encontraba ahí, bailando con aquel hombre, sonriéndole tímidamente y excusándome por mi falta de practica al bailar; lo despreciaba tanto, pero mi rostro era impasible, mientras repasaba en mi mente todo lo que estaría a punto de suceder.

Aun no claro está, solo esperaría el momento oportuno y así desencadenar la serie de fantasías hechas realidad; solo un poco más, dame un momento para saborear esto por favor, la dulce caricia de mi lengua degustando la saliva ansiosa lista para salir a catar el metálico sabor de la sangre de mi oponente. ¡Rayos! no podía más, incluso podría gritar de éxtasis con el simple hecho de apretarme a un cuerpo que sin duda dentro de poco estaría frio, seco, muerto. Que sensación tan placentera, pero que no podía retrasar más.

Apoyé mis antebrazos en sus hombros y acerque mi cuerpo al suyo, se sonrojó ante la idea de rozar mis pechos contra él, y en un suspiro mi rodilla alcanzaba su ingle, dobló su torso maldiciéndome y rápidamente tire de su cabello hacia atrás, sacando debajo de mi vestido una daga y dándole a los espectadores mi mejor actuación, deleitándoles de la hermosa cascada rubí que emanaba de su garganta.

Me agache y me incline por su hombro susurrándole al oído cuanto me gustaba verle así arrodillado y suplicante, claro está que no podía responderme, ¡ja! estaba tan perdidamente aterrado como para intentarlo. Podía olerle y muy suavemente puse mis labios en la hendidura que acababa de crear.

No se me da lo que es el vampirismo pero la sensación de su tibia sangre correr por mi garganta era un deleite que no me permitía negar y el tragar me suponía apoteósico, excitante y el aprecio por mi vida y mi honor fue aumentando dejando atrás el pasado y el peso en mi espalda, la venganza es sin duda una de las mejores medicinas.

Pasados aquellos segundos de placentera relajación, no había duda de que tenía mucho que explicar a los presentes aterrados que se alejaban de nosotros atónitos y asqueados de la depravación que acababan de ver por parte de la adorable, dulce, inteligente y graciosa Angélica. La descripción de mi persona siempre termina de engendrar una fragante sonrisa en mi rostro y con una muy teatral lamida de mis dedos me voy del salón contoneando las caderas.

Avanzaba rápidamente y aunque mis tacones me machacaban los pies no podía detenerme, jamás en mi sano juicio sería capaz de hacerle eso a alguien y aun así lo hice, ¿qué he hecho? la culpa por un momento me alcanzaba, pero rápidamente le deje atrás. En fin, no tenía ni siquiera el derecho de pedir perdón o disculparme ya que no me arrepentía, el muy bastardo se lo merecía, y aunque no podía esperar más, hubiera querido que agonizara lentamente, que sufriera todo lo que una vez yo sentí.

Quería seguir caminando, pero la morbosidad me embargaba, tenía que salir rápido de ahí, pero no podía, me resistía, deseaba que sufriera más, quería hacerle miles de perversidades a
su cadáver, quería que su alma aún fresca y cautiva en aquel cuerpo, recibiera el dolor que debía de merecer.

Salí de ahí, entre en el auto, encendí el motor y conduje a toda velocidad, no podía detenerme, y a pesar de las circunstancias; aunque mis manos temblaran, sudara frio y no pudiera respirar bien, mi corazón estaba tranquilo, me sentía en paz. Y en todo el camino a casa, me prometí que su cuerpo descansaría debajo de mi cama.

Mis labios estaban agrietados, mi lengua seca, mis dientes rosados, suplicantes de otro aperitivo, su sabor me encandilaba, me excitaba. Y, al mirar por el retrovisor, debajo de mi labio inferior, se encontraba una pequeña mancha carmín; cremosa, espesa, que olía delicioso. Y así, con tranquilidad, pase mi dedo corazón y retire las sobras de aquel banquete.

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