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Cuarto concurso de cuento corto: El camino





El camino

Caminaba yo por un callejón de esos que llaman sin salida. No percibí el final de la calle por andar caris bajo pensando en las tremendas desilusiones que había vivido. Choqué de frente contra un muro y caí al piso casi de inmediato. Me levanté un poco sorprendido y continué caminando de vuelta hacia mi hogar. Algunas personas me miraban extraño y yo les hacía gestos obscenos para que dejaran de mirarme. Quizás estaba tan borracho que ni yo mismo me percataba de mi estado. Llegué a mi casa pero no había nadie. Apagué una vela que se había quedado encendida y vi la televisión. Las mismas noticias de siempre, los mismos héroes de cada día, las mismas víctimas que se lanzaban hacia la cámara como queriendo estar vivas para contar su tragedia, los niños abandonados que ni sonriendo podían ocultar la tristeza, el presentador encorbatado pensando en si a esa hora su hijo estaría drogándose, el anciano tranquilo en su playa de 1000 años, viendo el mar y el final del horizonte: en realidad el pobre anciano miraba el final de su existencia.

Me quedé dormido y me desperté entrada la noche. Como nadie llegó a la casa, subí a mi cuarto. Vi a mi esposa acostada y me sorprendí de no haberme percatado a qué horas había entrado. Tal vez me miró en el sofá dormido y no quiso despertarme. Me acosté a su lado y abrí el viejo libro que nunca había podido terminar de leer. Releí las primeras páginas; la historia me conmovió; las letras se hicieron palabras y las palabras páginas, así llegué hasta el fin. Un final de esos predecibles y poco acogedores. Me sentía demasiado cansado, no pude dormir muy bien pero aún así me levanté temprano. Mi esposa ya no estaba. Al asomarme por la ventana, la vi que caminaba sola con la cartera que nunca solía usar; era el regalo de su padre que se había quedado archivado para siempre. Decidí alcanzarla para acompañarla, quizás necesitase ayuda con las compras o con los refrigerios de los niños.

Caminó muy a prisa y me costaba alcanzarla, cruzó la avenida sin mirar mucho los carros y continuó su camino a las afueras del barrio. Me comencé a sentir más y más cansado, ya no sabía hacia donde se dirigía pero continué persiguiéndola, le grité con los pocos ánimos que me quedaban para ver si me miraba y lograr así que se detuviese. Fue inútil. Crucé la avenida como pude. Salté hacia la acera para evadir el tráfico. Mi esposa aminoró su marcha y se detuvo en un parque que jamás conocí. Me sentí muy mal al ver que en ese parque se encontró con un hombre que la abrazó y la besó. La besó apasionadamente mientras yo los miraba desde el borde de un poste de energía. Se marcharon juntos y más adelante vi a los niños corretear. Lo único que puede hacer fue seguirla. Llegaron los 4 hasta un lugar grande, solitario y bonito. En ese momento, no aguanté la ira y corrí hacia donde estaban los dos abrazados. Me acerqué para ver si mi esposa se impresionaba al verme. Con ira, grité su nombre para que me mirara.

Estaba agachada con una botella de agua y un trapo rojo limpiando una lápida que tenía mi nombre. Aquel hombre la abrazaba y le ayudaba a limpiar.

Me alejé de allí consternado, di vueltas por la ciudad hasta que me encontré en uno de esos callejones que llaman sin salida. No percibí el final de la calle por andar caris bajo pensando en las tremendas desilusiones que había vivido. Choqué de frente contra un muro y caí al piso casi de inmediato. Me levanté un poco sorprendido y continué caminando de vuelta hacia mi hogar.

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