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Cuarto concurso de cuento corto: Performance





Performance

Así lo ven a uno todo el día, a duras penas moviendo un poro para dejar salir una gota de agua y refrescarse, o moviendo un brazo aletargado un poco más a la derecha. Y no habría problema si tan solo nos miraran con ojos vacíos, como si no existiéramos. Pero no, nos miran con esa superioridad marcada y ese odio y ese amor y qué conflicto el que cargan, que les arruga la frente desde jovencitos y los tiene frunciendo el ceño, con las cejas ya cansadas. Y nosotros que les devolvemos la mirada, con algo entre temor y orgullo, y quién sabe qué pensarán cuando nos ven así, tan altaneros; quizá aguantan la respiración y por unos segundos se ven más oscuros, más imponentes, y nada más nos queda admirarlos y encogernos. Y en esos instantes, es como si el aire se volviera más tenso y nuestro propio aliento nos sofocara. Y vaya que es un alivio cuando, tranquilamente, ellos vuelven a abrir la boca y todo es más ligero y más cálido, porque es como si su sombra se quitara de encima de nosotros, aunque ellos no han dado un paso y nosotros sí. Y a veces pienso que es por eso que nos odian, porque avanzamos y cambiamos y ellos ven siempre lo mismo o ya no ven y no han hecho nada; fuimos nosotros los que los volvimos así. Y alguna cosa se dicen entre ellos, en un murmullo ininteligible, y se agitan con más fuerza, como mimos. Pero sus rostros pintados no cambian de expresión y eso que les adorna la cara, como una corona o un sombrero, se mantiene firme ahí, como pegado.

Y por alguna razón, nosotros les arrojamos algo por accidente: una moneda, un vaso o un aguacero. Pero antes de acercarnos a recogerlo, vemos cómo nos miran y nos aborda una pereza (o un miedo) y nos arrepentimos de levantarlo y echarlo donde pertenece, y el odio solo crece en sus marrones ojos. Y cómo no, si los acabamos de ensuciar. Antes debería sorprendernos la fiereza con la que nos soportan. Pobres árboles, mártires del hombre.

Ars

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