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VI Concurso de Cuento Corto: EL LAGO

 


¡Silencio eterno e inexplicable! ¡Soledad de helechos sobre los árboles! Un canto surgía de las profundas aguas del lago, en el ahogo de un violín surcando por los aires y por la luz de la niebla, aullando y trazando manchas impresionistas sobre las sombras desvanecidas de aquel fluir inacabable de las aguas, reflejando las nubes vagas del alto cielo.

 

La contemplé mirando lago afuera, sola y tranquila en medio de la corriente. Parecía un ave con pinceladas surrealistas, bella y extraña, bañada con un sublime plumaje blanco y suave, que caía sutil sobre su piel esmeralda. Cantaba:

 

<<Ojalá pudiese adentrarme en un bosque y caer en los musgos y las hiedras. Tratar de ser corteza, flor y madera para poder extenderme a los cielos como las ramas en las primaveras; que llegue el otoño para ser hoja caída acariciando la tierra, y que las espirales de los vientos me lleven al río para poder quedar atrapada en las piedras.

 

Su voz vadeaba las algas verdes oliva, que ondeaban con rizos las masas rojas del espejo de agua, exaltando el silencioso derivar de los cámbulos y de las hiedras con ineludible éxtasis, haciéndome surgir un deseo tormentoso de gritar, de gritar como un halcón y proclamar a las espirales de los vientos la liberación de mi alma.

 

>>Me perderé y olvidaré quién era, porque el silencio y la lluvia me harán crecer raíces en los suelos. Seguiré dormida en los lechos y en los troncos secos, soñando que algún día seré un bosque entero.>>

 

Me temblaban las manos como si sintiera el movimiento rotatorio de la tierra, como si sintiera las llamas del fuego en el pecho, y me hundiera en ese lago fantástico, mágico, desconocido como las misteriosas aguas del mar, surcado por la voz de aquella ser mística de las tinieblas.

 

Me levanté con los párpados temblando. Veía cómo el cielo se abría en ondas de luces, pétalos de rosa, en oleadas rojas y obscuras que me pulverizaban los ojos.

 

La noche había caído ya, y recordando aquel dulce, verde y encharcado sueño que se hundía en el aro de plata de la luna, suspiré. Y aquella voz se diseminó en el eterno silencio de la fría y espesa noche.

 

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