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VI Concurso de Cuento Corto: Silueta entre siluetas

 



A esa hora de la tarde en que los segundos se suceden como diástoles de tiempo, cuando el malestar del día se ha vuelto un aire reconfortante, ella se apareció, primero en forma de silueta entre siluetas, luego como objeto real en situación surrealista, evocando esa confusión, esa sorpresa que traen consigo los acontecimientos que se desean frecuentemente, y que ocurren después en el momento exacto en que ese deseo se ignora.


No recuerdo la situación exacta pero sí su situación, ella me contó sobre su tía Amata y el cáncer de páncreas, sobre su llanto de almohada y esos inconsolables berrinches que le habían ayudado a su consuelo, sobre el whisky y el olvido, sobre la falsa aceptación de muerte que solo la muerte pudo desmentir. Me inquietó que hubiese confiado aspectos tan propios a un desconocido, así pude percatarme de su actual soledad y de los efectos que había tenido ese estado. Yo también era solitario, también retenía emociones que compartir, de las que hablar, pero eso era plato de otra vajilla, porque ese era su día, el momento en que Silvia se despojaría de sus penas y me las daría a guardar para que ella no las tuviese que cargar más, yo las recibí, y al final de nuestra charla, aunque más bien fue un monólogo, ella me regaló una cosa más, una que no pensé ver ese día y que me hizo concertar un nuevo encuentro (aunque no fuese momento para tal cosa) su sonrisa.


Empezamos como habíamos terminado, Silvia me sonrió y me tendió su mano con la trémula cortesía con que se saluda a una cita; nos vimos en un café y después caminamos por un parque donde abundaban las ardillas, hablamos de nuestras preferencias musicales y hallamos el gusto mutuo por el indie folk, me enteré de su abstinencia política y ella de mi disgusto por la letra Times New Roman; coincidimos de nuevo en nuestra predilección por las cosas sencillas. Nos vimos en más ocasiones, cada vez el tiempo entre dos encuentros seguidos disminuía y se hacía repudiar más. La visitaba en su habitación de estudiante universitaria, había una mesa con libros de filosofía, y un armario viejo, una silla de mimbre y una cama siempre ordenada que nuestros cuerpos siempre amaron desordenar.


Estudiábamos carreras diferentes en universidades distintas, Silvia me hizo parte de su filosofía y yo a ella de mis letras, mis poemas llenaron esos huecos amorosos que urde el raciocinio en una episteme, sus métodos deductivos se supieron consagrar en el romanticismo puro y caótico de un vate. Metamorfoseados por la lógica, la suya, mis poemas cubrían cada vez menos esos hoyuelos marginados, que demandaban más numen del que poseía ahora mi prosa. Volviéndose más hondos, retornando a su forma original, su regreso implicaba la caída de Silvia en las aguas de la soledad, a esa ausencia en ella que a su vez era mi ausencia. Como efecto, revivió mi melancolía, mi musa; mi poesía de nuevo ocultó sus interpolaciones inanimadas; así nuestro vínculo, un vaivén entre lo que conocimos y creamos, un distanciarnos para extrañarnos, mojarnos de soledad porque en cierto modo era lo que amábamos del otro, estar separados para estar juntos, así nos queríamos.


Descubrimos nuestra forma de amarnos y al principio pensamos, la juzgamos de ideal, porque era consistente; su existencia dependía de sí misma. Difícilmente aceptamos nuestra posición de peones de un juego más complejo; nuestra unión no era el fin, sino el método, un subterfugio con el que se desenvolvía un plan consabido. Aquella tarde de junio que entre sollozos Silvia me habló de su vida, confabulamos, nos complementaríamos, no para olvidar la soledad, sino para añorarla, para hacerla un propósito, estar separados para estar juntos para estar separados, amar la soledad del otro, conseguirla, ser silueta entre siluetas.



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