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VI Concurso de Cuento Corto: LA CANCIÓN DE LA ABEJA


Como en todas las mañanas, el abuelo se levanta a recibir los derretidos rayos del sol que se cuelan por la ventana.


El pueblo, que se ve a través del sucio cristal, se extiende como un arrugado velo que bordea los caminos de tierra caliente.


En el alféizar descansa un ajado de flores blancas, y al lado, en la mesita de noche, una fotografía de la abuela sosteniendo las mismas flores a la altura del pecho. No era una mañana cualquiera.


El calor hierve sofocante y me adentro a la bañera con el abuelo. Me limpia la espalda con mis calzoncillos viejos. El agua se hace espuma. El agua está caliente, y el borde de la bañera está amarilla. Salgo de la bañera, me seco y me visto.


La casa está bañada con fotografías. Entre ellas, la del abuelo con su ancha cabeza inclinada, mangas de camisa, regla de pulgadas en la mano y el lápiz en la oreja. Tan solo verlo inmerso, poseído en sí mismo con el trabajo de la madera, llega a mí la tranquilidad y la sencillez del perfumado olor del roble y el cedro.


En una de ellas está mi padre tomando el tetero sobre una silla más grande que él. En su cabeza, un sombrero de vaquero.

En la foto de al lado, mi madre abrazando a la abuela. Las dos sobre el húmedo espejismo del suelo causado por las aguas de las lluvias. Se les veía muy contentas.


En otra foto congelados los tres. Ahí mi madre tenía rasgos afilados y duros; mi padre, al borde del río, ayudándome a tender la caña hacia los peces escondidos.


Solíamos pescar juntos, envueltos en el sutil delito de cazar al pez en el estremecedor silencio. Pescar nos unía en su exquisitez, dulzura, reflexión y desesperación. Sentados sobre cálidas rocas, nos amábamos bajo las aguas tiernas y frías. Más cuando pasaban sus manos sobre mi cuerpo. O eso era lo que ellos me decían. Pues mi padre solía hacerlo diciéndome que me quería, mientras me tocaba la entrepierna


Al ver todas las fotos, mi corazón empieza a sudar hielo. No siento la misma armonía de aquellos memorables días. Siento que mi pecho se abre como un agujero negro que al final se tragará todo mi cuerpo.


Toda la sala está fría. Las caras están tiesas como las duras rocas. Las moscas verdes y babosas generan un incómodo ruido al sobrevolar cabezas decaídas. Los invitados manotean para ahuyentarlas.


Desde que tengo memoria, mi madre me llevaba al jardín a recoger muchas flores. El pasto era de un color verde brillante. Las hojas de los árboles siempre estaban agujereadas como coladores. Mi madre me tiraba al pasto y me decía que me amaba. Un día, se ensalivó los dedos y los introdujo muy suavemente. Me susurró que no gritase, mientras cantaba la canción de la abeja.


Cuando esto sucedía, yo apretaba muy fuerte mis labios. De mi boca salían quejidos de dolor. A veces se me salía el ritmo de la canción para ver si alguna abeja llegaba, pero no se veía ninguna a los varios metros a la redonda. Un día el abuelo nos vio.


El mundo debió haber sido bello antes de que yo existiera. Mi mamá al ver al abuelo se enmudeció. Yo rompí a llorar. La cabeza me dolía porque mi cuerpo ardía y palpitaba. El jardín entero daba vueltas. El abuelo gigantesco hundió su codo en el ojo de mi madre.


Espero algún día volver a estar con ellos, a dormir sin miedo sobre las hojas secas. Es la esperanza que tengo, aunque la abuela y el abuelo en este momento empacan para irnos del pueblo. Los vecinos son los que nos ayudan.


Apoyado en la ventanilla de la camioneta, veo al borde de la carretera a las vacas y a las casas que pasan y que se difuminan lentamente. El aire se torna extraño, y lloro porque no soporto mi odio ni de los otros, porque mi vida no volverá a ser jamás igual.


El sol cae detrás del cerro y se le devora su cálida luz. El pueblo ahora está hundido en azul.



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