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VI Concurso de Cuento Corto: LA DIGNIDAD DE UN CAZADOR.

 



Ocurrió un viernes en la noche, luego de que Ricardo, uno de los habitantes del pueblo, decidiera que esa era una noche perfecta para casarse uno o más venados o conejos.


En compañía de sus dos hijos, se introdujo en la quebrada corocito, uno de los lugares más propicios del sector para la cacería, mientras su esposa quedaba en la casa terminando los últimos quehaceres para sentarse a ver su imperdible telenovela de las ocho.


Con un par de remos, los muchachos hacían que la canoa en que se transportaban se deslizara sobre el agua hacia el fondo de la quebrada, haciendo el menor ruido posible para pillar desprevenidos a los conejos y venados que estuvieran bebiendo agua en las orillas, mientras Ricardo con su escopeta lista para disparar, dirigía el chorro de luz de su linterna hacia todo lo que se moviera intentando divisar su primera víctima.


Por desgracia, De repente el potente haz de luz que despedía la linterna empezó a debilitarse hasta convertirse en un titilante y apenas perceptible reflejo, para segundos después apagarse del todo. Sin comprender, Ricardo movió y cambió las baterías sustituyéndolas por unas nuevas que había llevado de repuesto, pero eso no solucionó el problema. Sin más remedio, se las ingeniaron entonces para salir de la quebrada y volver a casa en medio de la oscuridad, olvidándose de los conejos y venados, al menos por esa noche.


Al llegar, Ricardo divisó en la entrada las particulares chanclas de Armando, otro habitante del pequeño caserío, por lo que esperó encontrárselo en la sala hablando con su mujer. entró en la casa y aunque la televisión estaba encendida, no encontró a nadie en la sala. Eso hiso que un desagradable pensamiento de traición se cruzara por su mente.


Fue hasta el cuarto que compartía con Elena su mujer y la encontró recostada sobre la cama, pero sola y cubierta con una sábana. Verle allí hiso que se confirmaran sus sospechas, él sabía que ni siquiera estando enferma era posible que ella estuviera metida en la cama a esas horas mientras en la sala la televisión presentaba su telenovela favorita.


--¿Pasó algo?, ¿por qué se devolvieron? Preguntó ella fingiendo una vos adormilada.


Él sintió recorrer por todo su cuerpo una descarga de ira.


Sin decir nada, tomó su escopeta y empezó a buscar por toda la casa. No estaba seguro si sería capaz de llegar al crimen, pero de lo que si estaba seguro era que en caso de encontrar escondido en algún rincón a ese con quien su mujer le estaba poniendo los cuernos, le daría un buen susto para hacerse respetar.


Seguramente se largó por la parte de atrás de la casa cuando nos escuchó llegar —Dijo para sí al no encontrarlo por ningún lado.


Sin soltar su escopeta, metió en una bolsa las chanclas que había encontrado en la entrada. Iría hasta la propia casa de armando con la firme decisión de defender su dignidad.


Al llegar a su destino, Sin molestarse en pedir permiso, Ricardo entró como una tromba en la casa y juliana la mujer de Armando, se quedó estupefacta al verle entrar con la escopeta en la mano y el rostro aún desencajado.


Hola Juliana. ¿Está tu marido? —Preguntó él sin esperar a que ella contestara el saludo y recurriendo a toda su fuerza de voluntad para contener la furia.


No, no está, salió hace ya más de una hora sabrá dios para donde y aún no ha vuelto — Consiguió decir ella—. ¿Por qué?, ¿pasa algo? —Preguntó alarmada.


Si. Pasa que a tu marido se le quedó esto en mi casa y pensé que debería venir a traérselo — Espetó él mientras arrojaba las chanclas de armando sobre el piso, mui cerca de los pies de ella. Acto seguido, ante su frustración por no haber encontrado a su objetivo en casa, se encargó de poner a Juliana al tanto de todo lo que estaba sucediendo y al finalizar le dijo con soberbia: — Encárguese usted de poner a su marido en su sitio, porque de lo contrario tendré que hacerlo yo y no me va a temblar la mano para pegarle su tiro.



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