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VI Concurso de Cuento Corto: Ocaso, su alba


A esa hora es inevitable no pensar en la casa, en sus pasillos apagados porque estuvimos ausentes todo el día y el recibo de la electricidad está muy caro, en el café con poca azúcar porque el azúcar en exceso es malo y nos puede causar diabetes, en el escritorio y sus arrugados papeles, en la ventana con vistas a una calle donde solo un árbol sobresale y esa es la muestra de que el medio ambiente es un asunto serio y hay que cuidarlo, a esa hora de la tarde, cuando cada vivencia se asienta en el subconsciente para aguardar el sueño, cuando la mochila cerrada esconde el olor rancio del arroz preparado temprano en la mañana para el vianda de medio día, pero que quedó en la coca porque ya no teníamos hambre, a esa maldita hora en que los edificios parecen las flores marchitas de un inútil regalo de quince años, a esa hora, a esa hora se siente en el ambiente el eco de un día alborotado, uno que resuena en nuestros roces con el aire porque en cierto modo es el aire mismo, un zumbido que se vuelve presagio de noche. En ese momento, en que no hay día ni noche, cuando toda superficie se baña de oro celestial, en que los sucesos se extienden torpemente como el andar de un perro que se detiene ante cada aroma de andén, cuando las hojas se desprenden del follaje de los árboles y se dirigen al suelo con esa circunspección con que se abandona a la multitud que nos ha aplaudido, en esa hora caen las hojas, con ese revoloteo, como de mosca de sin alas, haciendo de la gravedad un sofisma y de cualquier cuadro en que aparezcan una sofistería.

 

Y así pasan los segundos, como diástoles de tiempo, de uno que embellece todo de un confuso surrealismo, que resalta de los cuerpos las ideas y los deja existir en su forma etérea, como en un sueño, y como un sueño esa hora no tiene principio, es indiferente a la causalidad, a la filosofía, al tiempo mismo; y a cualquier conjunto de palabras que ose su descripción lo hace falso, porque la descripción es raciocinio puro y su verdad pura irracionalidad, por eso la certeza de este manuscrito está en su falacia, en esa hora.



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