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Quinto Concurso de Cuento Corto: B-6, ETERNO PROMETEO

 



       P.N. NERGAL.


Cohibido entre la lluvia que le golpeaba la cara y el calor del edificio en llamas del cual salió, el cuerpecillo del ser exhalaba los últimos alientos de su corta vida, estertores propios de un ente que no podía ser llamado por nombres propios, siendo libre del laboratorio  en el  cual había crecido, maldecido, amado e interiorizado  por  mucho tiempo. ¿Por qué no miramos hacia atrás? ¿Antes de los restos carbonizados que nos reciben con su vivaz resplandor?

“Sujeto B-6, ¿Estás lista? ¿Me escuchas?” fue lo que el hombre de la bata preguntó en cuanto abrió los ojos, su primer recuerdo en el mundo.  Nunca supo cómo se llamaba mientras que se despertaba sobre esa camilla, con el mareo de la anestesia aun lacerando su cabeza, viendo suturas en su piel y en miradas de confusión y expectativa entre los demás doctores, era increíble el éxito de la intervención, mientras un pitido atenazaba su interior y le hacía darse palmadas a la sien, ¿Y quién no?  Era el equivalente a tener un megáfono distorsionado que le gritaba a su disociada mente. “Síguenos, hacemos lo mejor para ti”.

 

B-6 era silencioso, insanamente tímida, reflexiva por momentos, dando un aire de ternura que los galenos creyeron normal en el recién levantado, pero no era así, B-6 era altamente perceptivo, entendía sus palabras, tenía una mentalidad intacta, una consciencia, por más que le doliese andar, comer en ocasiones, siempre se aferraba a la caperuza  que  le  regalaron  en su primer día. El hombre de la bata siempre le revisaba a detalle, a veces pellizcaba en algún lugar extraño cuando otros compañeros no miraban, siempre diciendo el clásico “debo probar tus reflejos”, volviendo a internarse en sus apuntes, conteniendo una sonrisa ronca, sagaz como un lobo, otros tenían sus objetivos con B-6, él tenía los suyos propios.

 

Mientras que se esforzaban por continuar el siguiente experimento de la lista, B-6 entendía la palabra anormalidad, repetida en algún susurro entre los sujetos, teniendo momentos en los que exploraba sus marcas y vendas, distintas texturas en su piel y su cara, todavía con la memoria bloqueada. ¿Aburrido hasta ahora? ¿Y si te dijera que la caperucita recibía en las noches la visita del lobo? Durmiendo con ella, ensayando otro tipo de sondeos con el cuerpo del sujeto, su manera de asegurarse en que el físico era estable, cansándole de las largas y el encubrimiento de la verdad. Todos veían ingenuidad, pero así ocultaba lo perceptivo que era.

 

Noche tras noche entendía el actuar del lobo, era sencillo satisfacerlo, en medio del asco y el vómito, buscando la oportunidad de hacerle entrar con ese libro que siempre cargaba, si no podía huir, al menos encontraría su identidad.  ¿Y qué ocurrió cuando la información llegó a sus manos suturadas? Tan sólo en la página 1 se encontró amisma, una lista de partes de pies a cabeza, una creación exitosa según el lobo, partes humanas que componían a una nueva quimera funcional después de años. Desde el fondo de su corazón entendía que algo andaba mal, tantos nombres que la componían, con dolor a lo que ocultaba su propia existencia, esas anormalidades que hablaban derivaban del hecho de que nunca hubo un ‘yo mismo’.

 

Ahogando al lobo con la almohada y las llaves  entre  sus manos,  B-6, la quimera  sexual para  los amigos de su primer recordado, corrió por cada  rincón,  arrojando  los  volátiles  de  cada área y encenderlos a base  de  mecheros  dispersos, llevándose  cada  archivo  que  involucraba su idea o la  de los  otros  que  vinieron y fallaron  en su lugar,  destrizando  sus  propias  costuras y abrirse la carne, bañándose en  el santificado  abrazo  del combustible  y  el purificador  calor del fuego, saliendo hecha una bola de llamas del lugar en cenizas.

 

Cohibido entre la lluvia que le golpeaba la cara y el calor del edificio en llamas del cual salió, el cuerpecillo del ser exhalaba los últimos alientos de su corta vida, estertores propios de un ente que no podía ser llamado por nombres propios, siendo libre del laboratorio en el cual había crecido, maldecido, amado e interiorizado por mucho tiempo. Adiós, eterno Prometeo.


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