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Quinto Concurso de Cuento Corto: Complejos

 


Complejos 

Si alguien hubiera pasado en aquel momento por la casa, se habría encontrado con la imagen ridícula de un hombre postrado frente a la puerta, con la cabeza entre las rodillas y los brazos entrelazándole las piernas, mientras una bolsa de maíz crudo reposaba a su lado, en el suelo. Lo hubiera visto agitarse, porque también lo hubiera oído sollozar, y tal vez hubiera pensado que era el ser más desdichado de toda la ciudad por encontrarse en semejante estado de destrucción interior. En efecto, una mujer pasó caminando y se detuvo frente al primer escalón del primer piso; levantando la vista por mera curiosidad, observó en la entrada de la segunda planta al sujeto en cuestión, en su trágica posición, con el cuerpo tembloroso y ahora sudoroso. Mientras ella pensaba en las posibles desgracias que podrían haberle ocasionado un estado tal, el tipo no hacía más que mortificarse lentamente, llenando su cabeza con pensamientos estúpidos de cómo podría haber evitado el accidente. Ella podría habérsele acercado para preguntarle qué pasaba, qué había pasado o si tal vez era algo que, por cuestiones de la vida, había de pasar; tal vez podría haberlo llamado para decirle una de esas frases ridículas e inútiles que dicen las personas en la calle cuando ven a alguien con aspecto triste. Sin embargo, ella no hizo más que cumplir su acción de esporádica transeúnte ocasional y continuó su camino sin verse en la obligación de razonar acerca de lo ocurrido. “Desgracias vienen y van”, se dijo. “Al fin y al cabo, eso luego se le va a pasar”.


Más tarde, esa misma noche, un niño conducía su bicicleta por la acera, cuando sintió en sus dos oídos el murmullo extraño de un lloriqueo risible, apretó ambos frenos y se detuvo frente al escalón sucio del primer piso, para luego levantar la mirada y encontrarse con la figura de una pelota que se abrazaba a sí misma en una nostálgica pose de amargura frente a la puerta de la segunda planta. Ni siquiera lo pensó, no se detuvo para preguntarse lo que pasaba; puso de nuevo el pie en el pedal y continuó su ruta, sin verse en la necesidad de cuestionarse lo que acababa de ver. 


El último espectador nocturno fue un abogado que recién había finalizado una llamada con su amante, la cual acababa de ver hacía unos quince minutos en su apartamento. Se detuvo, igual que la mujer, igual que el niño, frente al primer escalón del primer piso y levantó la mirada hacia la segunda planta, donde divisó a un absurdo hombre encorvado, con las manos entrelazadas y las pantorrillas bañadas por lágrimas infantiles. Solo pudo soltar una risa antes de guardar el teléfono en el bolsillo de su saco. Sintió las ganas, casi necesarias, de gritarle que dejara de llorar, que no fuera tan imbécil y solucionara sus problemas con firmeza, que se pusiera de pie y bajara los escalones, que le invitaría a un trago para que se calmara un poco y se secara las estúpidas lágrimas. No obstante, prefirió guardar silencio, borrar su sonrisa y seguir caminando por el sendero que lo llevaría a su residencia, en cuya entrada esperaba no encontrar a alguien parecido a aquel tonto. 


Frente a la puerta de la casa, en el segundo piso, veintiún escalones arriba del andén, un hombre continuaba arropándose con su propia melancolía, sintiendo el frío de la noche que lo abrazaba como una ola mortal, mientras las llaves que daban apertura a aquel portón inerte se encontraban en el suelo, a veinte centímetros del umbral, pero dentro del hogar.


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