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Quinto Concurso de Cuento Corto: Eterna realidad.

 

 


 

Eterna realidad.

 

Las mañanas solían ser tan frías como las manos de Sofía, subsistiendo en sueños perdidos y melancólicos recuerdos; era su cara tan pálida como la nieve, y sus ojeras tan profundas como el desasosiego ante la vida.

 

Actuar ha sido siempre el camino de huída para los sueños que me atormentan en cada parpadear, puedo oír el susurro de mi nombre por todas partes, como si llamarse Sofía fuese un completo delito. Desde que tengo memoria, las pesadillas han sido costumbre en mi diario vivir, los demonios y seres intermedios han permanecido siempre en mi memoria. Actualmente, soy una actriz muy reconocida, he logrado todo lo que alguna vez creía inalcanzable, aunque a veces, simplemente siento como si estuviese viviendo en un sueño infinito. En los últimos meses, el hecho de dormir se ha convertido en una completa perdición, las pesadillas están de vuelta y son mucho más fuertes que antes.

 

Hoy, luego del trabajo, llegué a mi apartamento, dejé caer mi frágil cuerpo en aquella cama solitaria, de nuevo, viviendo y reviviendo cada una de mis pesadillas, en ellas habita un hombre de contextura gruesa, suele golpear mi frágil y endeble rostro, dejándolo tan destruido como una flor pisoteada; no me encuentro sola, estoy en compañía de dos pequeñas desconocidas.

 

Después de otro arduo día frente a las cámaras que hacen parte del ostentoso vivir, decidí tomar el camino más largo hacia mi hogar, bebí un poco de tequila e intenté calmar la aflicción en mi pecho y la insoportable idea de llegar a casa para sumergirme en la misma eterna pesadilla. Luego de amargos tragos y lágrimas derramadas, sentí la necesidad de gritar por ayuda a la intemperie con el profundo deseo de calmar este sentimiento de angustia y soledad. Sentí como mi presión sanguínea aumentaba y a su vez, como todo giraba a mi alrededor, quise culpar al tequila, pero no hice más que caer en mi propia pesadilla. Me hallaba en un cuarto sangriento y lleno de sesos, a lo lejos se encontraba aquel hombre tan reconocible ante mis ojos, tenía una sonrisa gigantesca, tan grande como el hacha que traía entre sus manos. Era el hombre de mis pesadillas, ahora, viéndose más real que nunca; me observaba con deseo, un deseo desquiciado como su propia mirada. Atemorizada, cerré mis ojos y me convencí de que no era nada más que un sueño, o sencillamente un propio efecto del alcohol. Mis latidos entraron en calma, y el silencio se convirtió en el dueño de aquel lugar. Abrí lentamente mis pequeños ojos esperando encontrar la tranquilidad que tanto anhelaba, pero él estaba ahí, el demonio de mis noches, frente a frente, pelo a pelo, con su sonrisa maldiciente. No logré contenerme y reventé en llanto, al mismo tiempo sentí un dolor indescriptible, presencié como mi brazo fue separado de mi cuerpo de una forma abrupta e insensible, antes de desmayarme escuché un leve susurro que me decía: “gracias por este hermoso recuerdo, mi musa querida”.

 

Desperté internada en un hospital cerca a mi apartamento, estaba muy confundida, no comprendía cómo el hombre de mis pesadillas logró lastimarme físicamente. Escuché que al día siguiente me darían de alta, me sentía extraña, la fama no fue suficiente como para que se preguntaran por mi ausencia, no tenía ni una sola llamada, ni un mensaje siquiera, estaba afligida y apenada, dolorida más del abandono que de haber perdido mi extremidad.

 

De nuevo, anocheció y no pude contener el cansancio; lentamente, segundo a segundo, caí en estado de ensueño, y así, entré nuevamente a mi pesadilla, o mejor, a mi realidad.

 

Sentí una rígida bofetada y muchos gritos sobre mí, no entendía nada en absoluto; observé la periferia y reconocí a las pequeñas desconocidas, no podían parar de sangrar ni de llorar. Recibí un abrazo lento por parte de sus manos heladas y huesudas, al mismo tiempo entre sollozos me repetían: “Hasta que despiertas pequeña Sofía, creímos que estarías en ese trance de por vida, aunque sería mejor estarlo para no vivir el infierno con este viejo trastornado”.

 

Sofía, la pequeña e inocente Sofía, no eran pesadillas lo que vivía, era su vida en verdad, sufrimiento eterno, disociación en realidad.

 

                                                            Esprit Brisé


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