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Quinto Concurso de Cuento Corto: Viernes

 


Viernes 

Bajas 36 escalones con tu bici en los hombros —Liviana la bajada— piensas. Te echas la bendición y das unas cuantas pedaladas hasta llegar a la esquina, donde el freno toma el control.

Cuentas cinco semáforos para llegar a tu destino, miras hacia los lados cada que quieres cruzar la calle, y en el trayecto no faltan los conductores imprudentes que te obligan a frenar en seco, a pedalear con todas sus fuerzas o a demostrar el disgusto con la mirada. Y ahí aparece el tipo morboso con sus comentarios más racista que otra cosa —uy mi negra hermosa, ¿no me lleva?; Negra pero bella; ¿la acompaño?; ¿no me lleva? yo no muerdo; zc zc— acompañado de un chiflido que personifica su rol de bestia. Un Beep sostenido te altera el ritmo cardíaco mientras el conductor grita —Buscá el andén que estás estorbando— respiras, pedaleas más rápido y dejas atrás a otros ciclistas sabiendo que la carrera es contigo misma.

Treinta y cinco minutos te bastan para estar en un ambiente de tranquilidad. Haces tus lecturas en una fila eterna en Central (restaurante universitario), ahí pasas más de una hora en medio de ruidos, chiflidos, murmullos, gente gritando —hagan fila, se coló, eeey se están colando— sonidos de cubiertos y ollas que dan indicios de que el lugar está vivo. La lectura te mengua el hambre que se manifestaba en el sonido de tu estómago mientras la fila avanza. 

Alcohol, música, cigarros, marihuana, bailes, mucha gente soltando el estrés de la semana de clase acabada, y ahí estás, en eso que se podría resumir cómo la famosa audición estudiantil. Te quedas un rato con algunos compañeros de cohorte charlando y recochando. Mientras los demás toman y bailan. En eso que sueles llamar "un arranque de momento", te da por irte para tu casa. Aún no pasan más de las ocho y media. Uno de tus compañeros te pregunta:

— ¿No te da miedo que te roben andando en bici?

— A mí nadie me roba, nada malo me pasa. Ya estoy acostumbrada a andar hasta altas horas de la noche.

— Ve con cuidado.

Quedas algo pensativa pero no le das mucha importancia. 

Tomas la autopista y en tu mente escuchas el ritmo de Human Leech. Cantas la canción de Willow Smith, tu artista favorita.

You are a human leech, oh oh, y la velocidad de la bici se vuelve más lenta mientras avanzas en una pequeña loma. 

La autopista tiene cruce con un río y en ese pequeño puente, la luz es mínima. Hay dos chicos que parecen esperar algún transporte. Tú no les pones cuidado, es normal ver gente esperando transporte. Tú repites y repites la canción. De repente, uno de los chicos se te adelanta y se atraviesa en el camino, miras hacia atrás si tienes vía libre para librarte de ellos pero en tu intento de fuga, el chico de atrás sujeta tu mochila con tanta fuerza que se arranca y te caes. La bici queda acostada y tú medio inclinada hacia la izquierda sosteniendo la dirección.

Vas tras ellos pero se meten por un camino oscuro y solitario. Sientes miedo y sales de nuevo a la vía a pedir ayuda. Sin embargo, la gente solo te mira. Unos siguen de largo como si no les importase tu existencia, otros te preguntan lo sucedido e insinúan que no hay nada qué hacer.

Tu voz pierde fuerza, se vuelve ronca y llorosa. La angustia te acecha y la policía no te da esperanza. Te vas a casa haciendo recuento de todo lo perdido junto con tu mochila y te parece imposible un nuevo amanecer. Lloras al recordar que todos tus apuntes del semestre, trabajos y textos nuevos estaban ahí; las llaves, documentos, tarjeta de transporte público, dinero, celular y objetos personales, todo lo que usabas día a día lo has perdido y te sientes con las manos atadas. Al menos la bicicleta te queda para avanzar. Sin embargo, el miedo de andar en ella fue un nuevo sentimiento que avanza a tu lado. 

 

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