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VIII concurso del cuento, LOS SUSURROS DEL INSTANTE

 Los susurros del instante 

El tiempo era el olor de un perfume que se ahogaba sobre las aguas de una luna madura, un tiempo que se trenzaba sobre los tibios vasos de cerveza sin espuma, haciendo temblar las bocas desdibujadas entre labios que se envuelven, como la saliva al chocolate que se derrite deliciosamente. 

Estos olores a verbos y adjetivos que conformaban un nido de idiomas para crear días, sentimientos y memorias que se difuminan al igual que las fotos viejas y amarillentas, se estrellaban con la materia de dos cuerpos revolcados sobre el fuego arrasador del sofá, rodeado de ventanas, nubes, flores y de la complicidad de las sombras que observaban las caricias alrededor de un ligero océano crepuscular. ¿Qué importancia tenía la impresión del orden y del desorden de aquella profundidad en la que no había necesidad de explicar, sino más bien de aceptar la renuncia del ego y la rigidez, permitiendo que la vulnerabilidad se deslice por sobre rocas al igual que las hojas que flotan por las corrientes de un caudaloso río?

El amor y el tiempo, en ese preciso momento, lo agarrábamos con palabras reposadas sobre silencios y caricias que, por sobre el cuerpo, se reflejaban como peceras de cálidos y tiernos espejos. Pero cuando queríamos arrojarnos a la interminable caída de los segunderos, aferrábamos al tiempo con un beso que, más allá de toda felicidad y el placer, era al final la melancolía la que nos envolvía, diciéndonos que la inmovilidad del instante con forma de verso, se colaba entre la eternidad de nuestros dedos como la lluvia chorreando por sobre las grisáceas y sucias tejas de las casas.

Nos hacíamos el amor frente al espejo del baño. Salíamos con los cabellos enredados oliendo a sudor y a vino barato. Luego, en ese mueble rasgado y manchado de café, volvía su cuerpo a caer sobre el mío y nos sumergíamos en los ritmos de canciones antiguas, y nos besábamos con una dialéctica de lápiz y papel, de pies y bicicleta. Siempre me decía que me quería, mientras que de su aliento brotaba el olor del cigarro y el alcohol. 

Después nos arrojábamos a la cama y dibujábamos circulitos en nuestros cuerpos como si fuéramos papelitos amarillos. ¡Cuánto desorden había en una cama que hacía días no había sido tendida! Éramos un par de vagos conscientes de un desorden que era nuestro orden metafísico. Nos devoraba enfermedades morales y de identidades que se enhebraban y se deshacían por las rotas palabras de etiquetas podridas, que siempre intentaban ordenar el caos del espíritu para encerrarnos en la banalidad de las obligaciones cotidianas.

Al final, el latente respirar que descansaba en la boca nos exclamaba a abandonarnos sin condiciones, sin permiso y sin conciencia. Que la vida nunca se había ido, sino que siempre se mantuvo aquí, oculta en la necesidad de un abrazo que renace, llora, sonríe, muere; que quedarse enredados entre los brazos que caen como frutas maduras, es temblar por dentro hacia el verano de fragancias musicales que nos recuerda que este olvido tiene memoria.



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