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Concurso de Cuento corto: La Paz se hace letra 20.17: Charlie



Charlie

Se encontraba observando la calle a través de la ventana mientras recordaba aquél día. El vapor que salía del café que se encontraba en sus manos, empañaba el vidrio que estaba frente a ella. Tenía frío, aquel mes de octubre siempre era más gélido de lo usual. Se dirigió a su armario, buscó en cada una de sus gavetas qué se pondría aquella noche. Mientras seguía pasando prenda tras prenda encontró su vestido favorito, el que tenía puesto en el anochecer que lo conoció.

Empezó a desvestirse frente al espejo, recorriendo cada curva que él había delineado aquella vez. Deslizó por sus piernas un vestido rojo que se ajustaba perfectamente a su figura. Metió sus manos debajo de la cama y sacó un par de tacones negros. Se dirigió al tocador. Mientras se aplicaba el labial rojo que tanto le gustaba, recordó la noche que lo conoció y sonrió. Después de mirarse múltiples veces ante el cristal, llamó un taxi y esperó.

En el transcurso de algunos minutos ya se encontraba frente al bar, le pagó al taxista y entró. Las miradas de los hombres y mujeres que se encontraban en el lugar, la llenó de suficiencia. Sabía que era preciosa y que nadie la podría igualar. Empezó a mirar a todos los hombres que se encontraban en el lugar, pero ninguno se parecía a él, ninguno era como Charlie.

Con cada sorbo que le daba al licor recordó el día que había estado con él, en la finca que era de sus padres. Lo había llevado con la intención de celebrar su cumpleaños. En esa ocasión tuvo el mejor sexo de su vida. Por ese motivo lo amaba, nadie se lo hacía como él. Los anteriores hombres con los que había estado eran unos bruscos. No sabían tratar a una mujer.

Mientras seguía tomando el licor, visualizó a un hombre que acababa de entrar y se había sentado a unas cuantas mesas de la barra, tenía la espalda ancha y se vestía como Charlie. Un sentimiento de felicidad la embargó. Brenda se paró de la mesa y se dirigió hacia la barra, se sentó en la butaca y pidió más licor. Mientras esperaba su pedido, recogió su cabello y lo puso a un lado de su cuello, tenía que sacarle ventaja a la desnudez de su espalda. A los minutos de estar ahí, por el rabillo del ojo vislumbró que el hombre a quien había mirado, se dirigía hacia a ella. Tenía un rostro precioso, no tan lindo como el de él, pero con eso se conformaba. La invitó a un trago y poco a poco empezaron a entablar conversación.

Horas después, Brenda se encontraba encima del hombre en uno de los carros que estaban aparcados en la acera. Lo besaba apasionadamente, mientras él le acariciaba las piernas. En medio de su amorío, ella lo invitó a la finca a las afueras de la ciudad diciéndole que tendrían más intimidad. Cuando llegaron, aquel hombre inundado de deseo, la cargó entre sus brazos y rápidamente llegaron a una habitación.

Empezó a quitarle la ropa sin ningún indicio de ternura, besaba su boca con un ansia desmedida, comenzó a bajar por la curvatura de su cuello hasta llegar a sus senos, los mordisqueó. Una de sus manos se dirigió hasta su entrepierna y sin darle satisfacción alguna, introdujo sus dedos. Brenda se estaba revolviendo, no podía ser que con él también sucediera lo mismo que con los demás. Si lo había llevado hasta ahí, era porque quería la ternura de un hombre. Sin embargo, todo se derrumbó en el momento en que la penetró, sus movimientos eran bruscos, torpes, y lo único que estaba causándole era dolor.

Tiempo después, Brenda se encontraba sacudiendo el barro de las botas que se había puesto para ir al patio en la madrugada. Fue a la cocina y se preparó una taza de café caliente. Mientras terminaba de endulzarlo, pensó que había hecho las cosas bien, ella siempre lo hacía. Así él se hubiese parecido a Charlie, no se comportaba tan delicadamente como él y solo por ese hecho no merecía haber existido en el mundo.

Ross.


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