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Concurso de Cuento corto: La Paz se hace letra 20.17: Sin dormir



Sin dormir

Eran las tres de la mañana, me había tomado más de dos té de manzanilla y un vasado de leche caliente. No tenía sueño desde hace varios días. A las doce empecé a leer un libro, coloqué música relajante y me desnudé aprovechando lo tibio del clima. Un poco desesperado, me levanté, me vestí y me senté en la sala de mi casa a fumar; me dominaba la ansiedad y me sentía desolado en mi cama. Después de terminar mi cigarro me abrigué y me fui a caminar por el vecindario.

Tres y cuarenta y cinco. Seguía caminando porque me relajaba más que estar sentado o acostado; había avanzado ya alrededor de 6 cuadras, hacía frío y me sentía mareado; sentía estrés, me dolía la cabeza y mis ojos estaban muy rojos y vidriosos. Estaba muy angustiado de no poder dormir; me hacía falta esa tranquilidad, me hacía falta algo de compañía.

Habiendo llegado a un parque, me senté en una banca y encendí un cigarro; me lo fumé con mucha apetencia. Me quedé observando lo vacío que estaba el parque, solo habían dos personas como a un kilómetro de distancia. Mientras exhala el humo, escuché que una de aquellas dos personas gritó algo. La otra persona se alejó unos pasos mientras el otro se acerca con gestos muy violentos. Me interesé en lo que estaba ocurriendo; cuando me decidí a enfocar, vi claramente a un hombre entre los 35 a 40 años y a una mujer entre los 30 y 35. Estaban discutiendo álgidamente; el hombre se le notaba ofuscado y agresivo, la mujer lucía atemorizada. En aquella disputa, yo solo estaba esperando el momento cuando él la agrediera.

Y no se demoró, el hombre le pegó un puño muy fuerte en toda la nariz, yo estaba impresionado por tan violento sonido. Viendo eso, me levanté de la banca y me fui retirando mientras encendía otro cigarrillo. Me precipité para abandonar aquella escena, no deseaba ser implicado ante algo que no era de mi incumbencia; sin embargo, escuché los pasos apresurados de unos zapatos de plataforma que venían hacía mí; sabiendo que era ella, la esperé, la puse detrás de mí y quedé de frente contra su agresor.

Para mi mala fortuna, terminé involucrado. El hombre no dijo una palabra, solo vi que sacó un cuchillo. Le dije a la señorita que corriéramos, ella obedeció mi instrucción y corrimos al menos unas 5 cuadras; sin embargo, el hombre nos persiguió y alcanzó fácilmente. Estábamos agitados, yo con una capacidad física deplorable y la señorita con la nariz rota,

nos fue imposible perder al tipo. Estando él cerca de nosotros, volví a resguardar a la señorita detrás de mí. Empecé a temblar, lo único que se me ocurrió fue irme contra el tipo para embestirlo. Lo hice, pero el sujeto era más fuerte y me empujó a un lado; mientras estaba en el suelo, vi como él, en 3 pasos largos, se abalanzó a la señorita y la apuñaló de forma demencial.
El hombre se fue. La señorita apenas si respiraba. Fui hacia ella y agarré su mano. Dijo que lo sentía mucho. Estaba exhausto, no me fijé siquiera en el pantano de sangre. Me recosté a su lado y lloré por ella. Ella me dijo que parecía muy cansado, con sus pocas fuerzas puso mi cabeza en su regazo y me dijo que durmiera. Acaté su consejo y fue muy fácil.

Eran las seis y cincuenta. Me despertó el alarido de una señora. Yo estaba emparamado de sangre, la señorita ya estaba muerta. Su cadáver era muy cómodo, me brindo la suficiente comodidad para poder conciliar mi sueño el cual estaba muy perdido. Me quedé varios minutos recostado sobre ella, mientras los vecinos llamaban horrorizados a la policía. No sé si haya valido la pena el haber tenido un sueño tan plácido acosta de graves problemas judiciales; pero quizá me hacía falta algo muy sencillo: recostarme en la piel sedosa de una mujer, con sus brazos y manos sobre mi cabeza y hombros, recordándome el confort de dormir con alguien, porque el abuso del insomnio, la noche y la soledad enloquece a un sujeto adoleciendo de cariño.


J. Shepard

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