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Concurso de Cuento corto: La Paz se hace letra 20.17: ¿Quién es culpable?


¿Quién es culpable?
Yo sé el terror que causo en la mente de las personas cuando me ven, ese escalofrío que sienten al pasar por mi lado y mirarme fijamente a los ojos. ¿Acaso pueden juzgar simplemente por la apariencia? No ven el dolor que refleja mi mirada que para ellos es ofensiva mientras para mí es la forma de decir, no quiero hacerles daño… No huyan de mí.
Muchos dicen que por mi condición soy un ser irracional, que no entiendo, no pienso, no soy capaz de expresar lo que siento, o peor, que ni siquiera siento. Es cierto que a veces actúo sólo por instintos, pero es que todas las personas lo hacen en algún momento. Todos se equivocan y sencillamente se dejan llevar por lo que sienten, cuando se ven amenazados reaccionan de diversas maneras causando graves daños y son perdonados. ¿Por qué no yo? ¿Por qué no hay para mí también un juicio y me permiten defenderme, explicar las razones por las que hice lo que hice? Me quedan los últimos minutos, para los que puedan escuchar mi defensa, de manera no formal la haré, así tal vez puedan sentir un poco lo que sufrimos.
Debo aceptar que mis capacidades son algo inferiores a las de ustedes, definitivamente no tengo el mismo nivel de inteligencia y hay dinámicas que no logro comprender. Por razones que aún desconozco, fui alejado de mi madre, me dejaron tirado en medio de la calle a la deriva de lo que pudiera suceder. Era muy chiquito, un ser indefenso de un mes que a duras penas se podía mover bien y estaba completamente perdido en la infinitud de un mundo inalcanzable. Debo aceptar también la amabilidad que tuvo aquella familia que me adoptó, que decidió darme el hogar que mi madre no había podido. Ahora tenía padre, una nueva madre y un hermanito pequeño que compartía cada día sus aventuras conmigo. No podía pedirle nada más a la vida. La felicidad me invadía y ellos lo podían ver en mi rostro cada que los veía llegar porque era inevitable correr a recibirlos con lo que yo llamo “un abrazo”.
Pero como todo en la vida, es un círculo cambiante que va de lo alto a lo más bajo. Mi hermanito siempre fue lo más importante para mí, lo amaba incansablemente. Sin embargo, él se había alejado un poco de mí, ya casi nunca tenía tiempo y eso me dolía demasiado. Ahora era grande y tenía otros amigos con los que compartía de sus gustos. Iba a montar skate, salía a cine, a comer pizza o jugar play… Nada que yo pudiera hacer.
Un día, después de mucho tiempo sin pasar una tarde juntos, quiso invitarme a dar un paseo. Estaba tan entusiasmado que no pensé en nada más, sólo quería correr y gritar lo mucho que había anhelado estar con él. No sé si porque ya no me quería tanto como antes o si por un ocasional descuido del que no puedo culparlo, no se percató de sacarme tomando las medidas de precaución debidas. Íbamos por una calle, estaba algo sola, pero yo no podía contener el entusiasmo que me invadía así que seguí corriendo apresuradamente de un lado a otro. De pronto escuché un leve grito que venía de atrás. Mi hermano parecía asustado… Yo también lo estuve, me sentí desesperado, sentí impotencia por creer que algo podría pasarle, así que sin pensarlo dos veces me devolví y me lancé directo a su cuello.
Creía haber salvado a mi hermano de un grave peligro y esperaba ver el alivio en su cara, pero en cambio lo miré y vi un gran dolor, desprecio y rabia en su rostro. No podía comprender por qué. De pronto consiguió gritar “¡Auxilio! ¡Auxilio!” (Era su amigo que sólo había querido asustarlo)
Sentía el amargo sabor de la sangre correr por mi garganta. Sentí paz al saber que logró salvarse, aunque quedó una marca que jamás se borrará.
¿Estuve a punto de ser un asesino? ¿Cuando lo hice era consciente de eso? ¿Si mi hermano hubiera recordado el bozal estaría yo aquí a punto de que me apliquen la eutanasia por ser pitbull?

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