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Concurso de Cuento corto: La Paz se hace letra 20.17: LA BAILARINA



LA BAILARINA

Seudónimo: Sorel

Tras cerrar la puerta de su habitación, Angie tropezó con la maleta que había puesto en el suelo. La práctica fue larga, ella estaba cansada. Los músculos de su cuerpo se encontraban tensos, parecían endurecer a cada segundo, hacerse de piedra. Angie se desplomó frente al escritorio y encendió su computador, junto al aparato había una bailarina de porcelana. La figura era rubia, con la piel blanca; distinta a Angie, morena y de cabello negro. Luego de oprimir unas cuantas teclas, el rostro de un joven apareció en la pantalla, como si fuera un pez en un acuario. Ella lo recibió con la sonrisa de siempre.

«Tengo sed», dijo Angie. «Pues buscá agua», replicó el joven. «Más rato, es que no quiero levantarme. Me duele todo, pero vale la pena». Intercambiaron varias palabras, hasta que el joven tomó el control de la conversación con un discurso poco espontáneo, ensayado antes. Los ojos de Angie se prolongaban, infinitos, como si tuvieran alas, gracias a una línea negra de maquillaje. Ella miraba la bailarina, con tristeza y envidia; la figura le parecía perfecta. El joven dijo algo. «Es verdad», contestó ella, distraída. Entonces él continuó su monólogo. La bailarina tenía un aspecto distinto, en su rostro habitaba un pánico indescriptible.

Angie tomó la figura con ambas manos. En ese momento fue invadida por un desasosiego que, pese a muchos intentos, no pudo comprender; la sensación era indecible, como si fuera el último ser humano del mundo y comprendiera que su vida carecía de sentido. «¿Qué te pasa?», le preguntó a la bailarina. «¿A mí? Nada, nada. A vos sí te pasa algo, no hace falta ser adivino para darse cuenta», dijo el joven. «No, mirá, yo estoy bien. Sólo es cansancio». «Y sabés que no irá a la próxima presentación, ¿cierto?». «¡No me jodás!», Angie golpeó el escritorio con la bailarina. La figura cayó al suelo, sin romperse.

«Ve, pero calmate», dijo el joven. Angie recogió la bailarina con delicadeza, como si fuera el objeto más valioso del mundo. El rostro de la figura estaba irritado, cubierto por una capa de rubor; los ojos de ella brillaban, un par de lágrimas parecía esconderse tras los párpados. En la expresión de la bailarina, Angie descubrió el dolor. «Es difícil», comentaba el joven. Ella no lo escuchaba, era mucha la empatía hacia la bailarina, tanta que Angie se aisló por completo del mundo. Lastimadas, incomprendidas, tristes, ambas siempre a la espera de música. Salsa, en el caso de Angie; clásica, para la bailarina. Pero sólo había silencio.

Un cosquilleo estremeció el cuerpo de Angie. «Mirá, yo no seré el cabrón que te diga que le terminés, pero debés pensar en el futuro. Y a él eso no le importa. Pensalo bien, el concurso es en Argentina. Hay para los pasajes. Si ganamos nos quedamos, es nuestro sueño. Vamos, decí que sí». «No lo sé». «No te quedés por él, ni te ve en las presentaciones». «¿Y qué? No importa, porque me entiende. Él sabe que si yo pudiera bailar por siempre, pues lo haría. Entiende, con eso me basta». «Estás ciega, como una pierda…». «Voy por un vaso de agua, ahora ya regreso». «No, esperá». Al levantarse, ella se sintió pesada.

Angie fue hasta la puerta y abrió con rapidez, pero antes de salir tropezó con su maleta. Y no tuvo equilibro. Durante el descenso, el aire se aferraba a su cuerpo, como si intentara detenerla y careciera de la fuerza suficiente. Una canción inundó sus oídos, le pareció que bailaba por última vez. Era libre, sin lazos, aunque caía en el abismo de su destino. Al tocar el suelo, Angie se reventó en mil pedazos. En ese momento, la piel blanca de la bailarina se tornó morena, su cabello se hizo negro. Tuvo miedo, pero intentó moverse y lo consiguió. Ahora bailaría por siempre.

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