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VII Concurso del cuento corto, AFRES

 


Era una fría noche de invierno. La familia se había reunido alrededor de la chimenea después de la cena. Los troncos crujían en el fuego y su calor reconfortaba el ambiente.

 

Los dos pequeños nietos escuchaban embelesados las historias que su abuelo relataba una y otra vez. Las aventuras de piratas, las leyendas de tesoros escondidos y los cuentos de héroes los mantenían siempre al borde del asiento.

 

—Abuelito, abuelito, cuéntanos otra vez cómo derrotaste a la temible bestia del pantano — pidió el nieto mayor.

 

—No, mejor la de cuando encontraste la ciudad perdida de los antiguos —lo interrumpió el segundo—. Esa es mi favorita.

 

El abuelo sonrió con paciencia. Había narrado esas historias centenares de veces, pero nunca se cansaba de ver la emoción en los ojitos brillantes de sus nietos.

 

—Está bien, está bien. Les contaré otra vez esas historias después. Pero ahora, ¿qué les parece si les relato una nueva aventura?

 

—¡Siii! -gritaron los niños entusiasmados.

 

— Está bien. Veamos —dijo el abuelo mientras acariciaba su larga barba blanca—. Hace muchos, muchos años, en una tierra muy muy lejana, existía una aldea donde todos sus habitantes tenían la tez blanca como la nieve. Un día, una mujer dio a luz a un niño que se destacaba entre todos, su piel era de color negro azabache.

 

Los aldeanos miraban al niño con recelo y desconfianza. Los niños no querían jugar con él. "Es diferente", decían. Incluso algunos adultos lo evitaban, creyendo que traería mala fortuna al pueblo; le trataban como si fuese el mismo demonio.

 

Su madre, al ver todo lo que su pequeño pasaba, siempre le decía: "No temas, eres especial. Eres la evidencia que hay más cosas en el mundo de las que conocemos". Y le contaba historias de tierras lejanas y gente maravillosa que seguro existía más allá de las montañas.

 

Un día, la buena madre enfermó y murió, dejando al niño solo ante las miradas hostiles del pueblo. El niño, impulsado por las palabras de su madre, decidió partir en busca de esas tierras donde lo aceptarían tal como era.

 

Caminó muchos días y noches. Atravesó espesos bosques y profundos valles. Cuando estaba a punto de rendirse, llegó al fin de lo que conocía, desde donde divisó un extenso territorio que se extendía hacia el horizonte. Con gran emoción, descendió la montaña y se adentró en aquellas nuevas tierras. Para su sorpresa, había personas con la piel tan negra como la suya. Eran reyes sabios, guerreros valientes y trabajadores felices que lo recibieron con alegría.

 

El niño se quedó a vivir con ellos, descubriendo que no estaba solo. Que su piel negra era tan hermosa como el ébano y tan fuerte como el acero. Que su sonrisa contagiaba la alegría de vivir. Que su corazón lleno de bondad era un tesoro. Descubrió que él era sabor, que él era vida, que era la fuerza revolucionaria de todo un pueblo. Él era AFRES.

 

Los años pasaron y AFRES se convirtió en el consejero de los reyes negros, siempre buscando la paz y la justicia para todos. Las historias de sus viajes y aventuras se transmitieron de generación en generación.

 

Y color de piel o no, todos aprendieron que lo verdaderamente importante es la bondad dentro del corazón. AFRES fue recordado por siempre como un héroe humilde pero valiente, que encontró su lugar en el mundo.

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