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VII Concurso del cuento corto, NOCHE DE PURGA


Si camino por un andén solitario y ya la luna está en su punto más alto de la oscura noche, ¿no habré yo de llegar a mi hogar? Porque creo que la mano maligna del que se oculta en las sombras piensa aquello y espera, ansioso y acechante, para cazarme.

 

Me ha seguido desde que aparecí en el bar, cuando saqué mi pierna derecha del auto y la dejé resplandecer a la luz del alumbrado público. Le vi en cuanto bajé, aunque él no se percatara de ello. Otros mil ojos también lo vieron; solo yo supe sus intenciones desde el principio. No llegué escoltada; el auto que me dejó era un taxi. No iba acompañada; ni amigas ni un chico que me interesara, iba sola. Quería ir sola.

 

A pesar del asunto, no me preocupé por él sino hasta el final de la velada. Bailé, bebí y canté unas cuantas canciones antes de marcharme. No alcancé la ebriedad, mas tampoco quedé sobria. Me sentía plena, como si las luces de los faroles me alumbraran la mente en lugar del cuerpo. Tanta era mi excitación, que por un momento olvidé el rostro que me seguía y, en lugar de subir a un taxi de inmediato, salí del bar caminando, descalza y sonriente. Para cuando caí en cuenta de que me hallaba lejos, ya las casas y calles a mi alrededor estaban a oscuras; la única luz era la del alumbrado público. No sabía qué barrio o lugar era; estaba perdida, mas no me dejé llevar por el miedo y continué mi camino. Sabía llegar hasta alguna de las estaciones del autobús, que eran fáciles de localizar. Escuché los pasos de mi perseguidor, pero no me apuré a correr.

 

Lo que me estremeció fue el silbido. Casi pude ver cómo se puso las manos en la boca para realizar semejante sonido; no volteé a verlo, pero sabía que estaba acelerando el paso. Después de tantas horas, no recordaba que llevaba conmigo el bolso, donde guardaba precisamente los tacones con los que había llegado al bar.

 

Comencé a correr. Me importaba poco si la planta de mis pies se laceraba con el duro asfalto, solo sentía la necesidad de irme y llegar rápidamente a la estación. Sin embargo, sabía que, aunque llegara, también ella estaría sola, al igual que todas las calles de la ciudad. Solo quedaba una opción... y no me disgustaba para nada.

 

Sentí que estaba cerca. No yo de mi destino, sino el cazador de su presa. Pude ver a lo lejos las luces de la estación encendidas y aceleré mi carrera. Entonces percibí el sonido de sus pasos y su respiración tan cerca, que calculé que era el momento perfecto para realizar la maniobra. Primero: asegurar testigos.

 

—¡Ayuda! —grité, como si el terror me dominara— ¡Ayuda, me quiere violar!

—Callate, puta —victoria. Había manifestado su presencia en voz alta.

Segundo: detenerme. Este paso era complicado. No podía simplemente parar de correr y voltear para atacarle. Si él se abalanzaba sobre mí, sabía que me sería inútil forcejear y acabaría muerta o, como mínimo, bastante herida antes de que él se marchara. Por lo tanto, tenía que detenerme, mas asegurándome de que él tuviera que detenerse también. Continué corriendo, pero ahora en dirección a un poste eléctrico. En cuanto lo esquivé, me detuve y le di la cara al tipo. Ahí estaba aquel rostro estúpido, cansado y furioso; se detuvo para contemplarme, sonriente, como si estuviera cerca de ganar algo. Detrás de él, unas dos o tres luces se habían encendido dentro de las casas.

 

—¿Vas a seguir corriendo?

 

Tercero: la purga.

 

—Yo no estoy cansado. Seguí corriendo y te voy a perseguir hasta agarrarte.

 

Ya la pregunta inicial había ganado su respuesta. No, mi querido perpetrador, no llegarás a casa esta noche.

 

El paso tres era el más sencillo; incluso más que el primero, que tan solo había consistido en el llamado de auxilio. Mi bolso estaba abierto. Él dio un paso hacia adelante. Mi mano estaba dentro, buscando. Él avanzó un poco más. Dos metros de distancia, suficiente para alcanzarle. El frío metálico del arma abrazando mi mano; el índice en el gatillo. Abrió su boca para decir algo antes de lanzarse sobre mí; yo escupí fuego de la mía. Tres destellos en la noche; un ruido sordo esparciéndose en la calle. Siete casas más encendiendo las luces de sus hogares. El cuerpo desvaneciéndose en el suelo; ni un solo gemido. La sonrisa en un par de labios rojos. Rostros asomándose a las ventanas; más de una voz en las salas. Una sirena sonando en las calles lejanas; un preliminar escribiéndose. Un arma siendo guardada; una mujer huyendo. Un hombre muerto.


 

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