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VII Concurso del cuento corto, Las olas rompían en la playa.

 


El colchón de agua salada cubrió el cuerpo de un hombre alto y robusto que yacía moribundo sobre la arena. No se movió, tenía los brazos llenos de heridas sangrantes y sucias; su cara estaba marcada por varios moretones que el sol del mediodía hacía ver rojos, tan rojos que, si uno se acercaba, parecían coágulos de sangre a punto de reventar. La desnudez de su cuerpo y la blancura de su piel no enmarcaban una diferencia entre donde terminaba él y donde comenzaba la arena. Un cangrejo se paró sobre su espalda después del golpe de la primera ola y le arrancó un pedazo de piel, dejándole una costilla a la vista, la sangre se derramó por la arena, formando un riachuelo que desembocaba en el mar. El cangrejo miró a todos lados, chasqueo las pinzas para avisar al océano que el hombre estaba muerto y cuando vio aproximarse la siguiente ola guardó el pedazo de carne en un rincón de su caparazón y saltó.

               Las olas se levantaron sobre el hombre moribundo.

La sangre de la arena ya no estaba. El agua había entrado en su cuerpo por el hueco de su costado, la sangre del hombre ya no era del todo sangre, ahora era también océano. La costilla salida había desaparecido y en su lugar solo había un vacío con vista a los pulmones y al corazón, que todavía palpitaba por el calor. La tarde estaba impregnada del aroma del verano, de los colores cálidos que se combinaban con el azul del cielo y terminan por expulsar esa viscosidad extraña que suelen tener las costas. El hombre moribundo transpiraba, el aire se le pegaba en todo el cuerpo y de tanto sudar daba la sensación de que aquel hombre grande adelgazaba, que aquellos hombros prominentes se deshacían en un abrir y cerrar de ojos y se mezclaban con la arena en forma de agua salada.

               El hombre ya no era un hombre, y las olas lo acogieron entre sus manos.

               Una mujer que bañaba con sus dos hijos en la playa apareció a unos metros, dejó a los niños parados a la orilla del mar y se acercó a ver el cuerpo de aquel hombrecillo flaco y demacrado. Se arrodillo frente a él y le tocó la cara con mucha delicadeza, como si tuviera miedo de despertarlo de la muerte. Entonces le detalló el rostro, y en un acto de piedad decidió extirparle los morados infectados de la cara que lo hacían ver hinchado; los desechos de un rostro que en algún momento había sido hermoso quedaron reducidos a pedazos de piel seca sobre la arena. Había pasado de ser un ser bello a convertirse en algo sin facciones. La mujer se limpió las manos, no le importaba mancharse de sangre, pues la pena que sentía por aquel ser era gigante. Uno de sus dos hijos se había metido ya en el mar, el otro lo había empujado, y en el desespero de sacarlo antes de que las olas rompieran de nuevo en la playa, terminaron los tres lejos sumergidos en el océano salvaje.

               El sol rompía en el horizonte y las olas arrastraban al hombre.

               Ni costillas, ni piel, ni rostro; ya casi nada quedaba, todo se había convertido en agua. Sobre la arena solo quedaba un pulmón, los dos riñones, un ojo, y de todos ellos el único que funcionaba todavía era el corazón. Las olas mezclaron la mayoría de lo que quedaba con arena y aquella masa extraña terminó también en el mar. Entonces quedó solo una cosa sobre la tierra, que no tenía intención de descomponerse. Palpitaba fuerte, desestabilizaba la marea, y el ruido preciso de su movimiento era tan intenso que los animales huían. La playa debía tomar una decisión, después de deshacerse casi por completo de aquel hombre, no podían dejar huella del crimen cometido. El mar se enfureció, la marea creció, el sol se sumergió debajo del agua y dejó paso a la soledad de la noche. Era hora de limpiar.

               Entonces las olas enterraron el corazón bajo la arena.

               Y solo Dios sabe que nunca ha vuelto a existir una playa más serena.


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