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VII Concurso del cuento corto, MURMULLO

 


A don Elocuente que siempre tomaba café con mayor tranquilidad en la cafetería de doña Gritos le llegaba a sus oídos con gran fervor las voces de los señores Banales que se encontraban hablando cerca de la mesa, acerca de un tal pueblo del silencio circunstancial. Las palabrotas “silencio” y “pueblo” resonaban fuerte en el interior de don Elocuente, mas fuerte que la cafeína que ingería, pues creía que un sitio como el aquel mencionado ya había caducado.

 

Don Elocuente cuya vida en su presente la pasaba en la ciudad del ruido circunstancial por razones poco meritorias pero discutibles, veía la opción de tirar sus cosas por la ventana y salir por el techo gritando a marchas hacia ese tal pueblo. Después de una larga reflexión sentado en su silla de madera junto a su perro don Pulgoso decidió emprender la huida.

 

Vendió una inimaginable cantidad de cosas cochambrosas a fin de sacarle provecho a su esencia (y para deshacerse de ellas claro). Entre ellas una minimesa de billar futurística debido a que sus hoyos o rotos contaban mas de cinco, una lampara que prendía a punta de remiendas y una silla de madera que tenía la ausencia de una de sus patas.

 

El automotor de don Elocuente después de media hora de intentos de arrancar lo logra. Don Elocuente, don Pulgoso y sus cosas menos innecesarias se dirigían al pueblo del silencio circunstancial.

 

Cinco caballos, treinta vacas, más de cincuenta gallinas y muchos perros y gatos tuvo que pasar don Elocuente para llegar a un arrabal del pueblo del silencio, pero resulta que de silencio no tenía nada, así que preguntó a un don Confuso que estaba en una mecedora más vieja que la silla de madera que llevaba don Elocuente consigo, sobre si se encontraba en dicho pueblo. Con un carrasposo grito le dejó claro que siguiera para adelante, que del silencio aún se encontraba lejos.

 

Se hizo la noche y don Elocuente que seguía en carretera no tenía ni idea de dónde se encontraba, estaba ya somnoliento por divagar tanto en encontrar un indicio de aquel pueblo. Un indicio que estaba en sus oídos... el silencio. Es entonces cuando supo que estaba cerca, debía de encontrarse con un pueblo muy pronto, pero para su sorpresa solo encontró una casa de madera abandonada, ya un poco vieja, empolvada, totalmente oscura, cubierta de hojas provenientes de los arboles de los que estaba rodeada.

 

Aunque el lugar parecía desolado y olvidado, a don Elocuente le pareció el refugio perfecto para encontrar la tranquilidad que tanto anhelaba. Dejó a don Pulgoso explorar el jardín lleno de hojas secas y decidió entrar en la casa en busca de resguardo. Dentro de la casa, encontró muebles cubiertos de polvo y telarañas que parecían haber estado allí durante años. A pesar de la oscuridad reinante, don Elocuente se sintió en paz.

 

Mientras don Elocuente se acomodaba en una silla de madera que encontró en el salón, unos grillos en la ventana manifestaban su incesante canto. Aquel ruido, aunque constante, no parecía molestarlo. En cambio, se sumergió en él, como si fuera la melodía de su retiro del bullicio de la ciudad.

 

Con el paso de las horas, el cansancio de su largo viaje y la tranquilidad del lugar lo envolvieron. Don Elocuente cerró los ojos y se dejó llevar por el sonido de los grillos. Los grillos en la ventana hicieron que las sombras de la noche lloraran junto a ellos, pero don Elocuente no sintió miedo ni tristeza. Los grillos, agotados por su esfuerzo, dejaron de cantar. El silencio se apoderó de la noche.

 

Don Elocuente, en su sueño tranquilo, nadó en ese sonido de la noche, un silencio que parecía lleno de recuerdos y promesas. Los grillos murieron, pero no por una causa en particular, sino por haber compartido su último canto con un visitante que finalmente encontró la paz en el pueblo del silencio circunstancial.


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