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VII Concurso del cuento corto, EL HOMBRE DE LA MONTAÑA

 


La tierra, lugar de mil historias sobre grandes palacios dorados, de grandes amores, bodas de plata, enormes conquistas y devastadoras guerras. Espacio de escritores, filósofos, dictadores, celebridades y héroes que con sus mil hazañas la historia los recuerda hasta ahora. Pero en esta ocasión, hablaremos de esas historias opacadas que la mayoría ignora y que son dignas de ser contadas, pero sobre todo de ser recordadas. Pues, de vez en cuando la tierra pare hombres nobles en cuna de paja.

 

Es el año de 1950, el pequeño ha nacido, es el tercer hijo de una modesta familia de campesinos. Su llanto es tenue, casi imperceptible, pues sabe que las montañas, las ceibas, los balsos, el guaco y toda la vida en el campo le protege y lo recibe con especial cariño. Entre tanto, el niño crece tomando aguapanela, néctar de la montaña. Mientras, el tiempo corre entre tareas de la finca y pequeñas clases maternales de suma y multiplicación.

 

El niño es ahora un joven, ya es un roble endurecido por la humedad y el calor. Arrastra reses, galopa caballos y domina el machete. El descanso solo es digno después de conquistar el tajo. El cielo, testigo del sudor le recompensa de vez en cuando con una nube sobre el sol o con vientos que intimidan posibles lluvias. Mientras su madre le va alistando el qué bogar, en el rostro de su padre corre un aire de pesarosa angustia. Pues, la ambrosía de la montaña, con el pasar de los días y el contar de nuevos hijos, ya no alcanza. El picudo devoro plátano, la broca infectó el café y nuestro pequeño joven, se ha quedado sin qué comer. Sin lanzar una blasfemia a Dios ni un reproche a sus padres, el joven convertido en hombre decide partir.

 

El tiempo se escapa entre sopas de sangre, auyama sancochada y jornales mal pagos. Nuestro hombre asume postura de guerrero. Desconoce la palabra retroceder, solo sabe dar pasos firmes hacia adelante. Si la montaña le pone un obstáculo, no hay nada que su machete, siempre afilado, no corte. Así va conquistando caminos enmarañados, bosques oscuros, carboneras ardientes y vacas feroces. Pero la vida le ha preparado otro tipo de conquista, en el que el machete no sirve. Pues el amor necesita de una tierna sutileza y astucia, que obliga al guerrero a soltar la cubierta y a pulir sus manos de labriego salvaje con lindos recuerdos maternos, para así conquistar esos bellos ojos oscuros que le miran fijamente.

 

El amor sigue crecido tan alto como la caña que sembró en la parcela que le fio su suegro. Brotan lirios, crisantemos y pensamientos en el jardín, donde corre como un viento alegre el fruto del amor. Es un niño precioso, casi angelical, con cabellos rizados y excelsa sonrisa. Sus ojos grises, parejos a los de su padre, solo saben agradecer la yuca del almuerzo y pelear por la carne más grande. Nuestro guerrero, aterrado y emocionado, no deja de sorprenderse cómo su retoño ya va tomando forma de árbol firme y sin saber cómo, ya es el mismo roble endurecido que fue él en su época. El trabajo en la finca es más eficiente que nunca, el rey y su heredero trabajan a la par. Crían titánicas vacas, esbeltos caballos y cosechan descomunales racimos de banano. Pero el bosque es caprichoso y esconde tiranos con armas y —por olvido, capricho o equivocación— cerraron en él príncipe sus bellos ojos grises.

 

Las lágrimas le empantanan el camino, el rey no se detiene. Continua firme, noble, erguido como árbol centenario. Sus ondas arrugas solo reflejan su carácter y atestiguan su odisea. Sus profundos ojos —ventanas del pasado, de amores e ilusiones que no volverán— ven en el futuro solo un tierno desengaño. Ya no hay pequeñas clases maternales, ni ventarrones alegres, tampoco el amor que preparaba el café. Solo lo espera la oscura noche, en ella confiesa sus tristes oraciones. Es el año 2023, el viento inclina los árboles en reverencia, el perro llora y las vacas mugen desconsoladas. La montaña silencia a los pájaros y los insectos se aquietan. El rey ha muerto.

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