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VII Concurso del cuento corto, EL VIOLINISTA

 


En un pequeño pueblo, envuelto en un manto gris y tenue que había cubierto el horizonte, llegó un hombre de piel pálida, llevando consigo un pequeño violín. Sus pasos eran como susurros en el viento igual que aquel lugar. Sus dedos danzaban sobre las cuerdas emitiendo unas notas melancólicas que llenaban el aire, para cuando la noche despide el día, todos los lugareños habían quedado cautivos por el sonido de su violín.

 

El misterioso hombre, con su identidad, su rostro ausente y la razón detrás de su triste violín quebrando el silencio de aquellas calles desoladas, quebrantó la indiferencia de la gente. Algunos seres se acercaron preguntando tímidamente, pero el violinista permanecía en silencio y con su mirada perdida en algún rincón del infinito.

 

Con el transcurso de los días, un extraño suceso comenzó a tejerse en el pueblo. Las nubes grises que lo habían mantenido en la penumbra tanto tiempo comenzaron a disiparse lentamente. Las risas de la gente se entrelazaban armoniosamente con el triste violín de aquel hombre extraño. No obstante , comenzó a surgir una creciente sensación de ira que se apoderó de los habitantes del pueblo. Oscilaban entre la alegría por el regreso del sol (pues ya no había más días de intensa lluvía) y la irritación provocada por el constante lamento del violín, que no se limitaba únicamente al día.

 

Ante su desesperación, algunos lugareños intentaron con educación, piedras e incluso golpes persuadir al músico para cesar su tormento. Hubo quienes intentaron expulsarlo, destrozar su violín, pero siempre regresaba, parecía un espectro, en silencio y ajeno a las súplicas de los habitantes, como si tocar su violín fuera una obligación divina.

 

En una noche lúgubre, los pueblerinos se juntaron para expresar sus quejas acerca de aquel hombre que perturbaba tanto sus días como sus noches. La frustración e irá eran los invitados especiales esa noche. Concibieron un plan que revelaría la crueldad inherente en la humanidad. Buscaron incansablemente por cada rincón del pueblo, su propósito era vil; deshacerse del violinista ... y lo lograron.

 

A la mañana siguiente, ya no resonaba aquel violín triste, un profundo silencio se extendió por las calles del pueblo, como lo estuvo todos esos años. Con el tiempo, parecía que el pueblo hubiese sido sepultado por ese silencio, las nubes grises regresaron, ya no se escuchaban risas ni enojos, solo un cielo perpetuamente nublado y una pregunta suspendida en el aire: ¿qué buscaba el violinista?

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