Ir al contenido principal

VII Concurso del cuento corto, SALA DE ESPERA

 


Las horas vienen en pares. Siempre en pares. Un reloj roto da la hora correcta dos veces al día.

 

-Lo mismo darían las nueve de la noche, que las tres de la madrugada.-

 

Susurro, para poder romper un poco el silencio, el silencio eléctrico, el silencio cristalino de concreto y mármol. Al menos dentro de mi cráneo.

 

Me arremolino de nuevo en el ínfimo sillón marrón y me volteo de lado, para poner de nuevo la vista a través del inmenso ventanal. Verdaderamente inmenso habría de ser.

 

La primera vez que me deslumbró, tuve ojos y cabeza hacia arriba, hasta la cima, y aún así fui obligado a enderezar la columna para medir la longitud de aquella magnífica pieza.

 

-Al menos unas diez vidas de alto.-

 

El cristal fluía, siguiendo la forma ondulada del cielo raso, siguiendo sus visos azulados y plateados, como el mar luego de ponerse el sol, pero en esos instantes en que aún se vislumbran las olas. Con el pequeño brillo que se ha quedado atrapado entre las nubes y la brisa cálida.

 

Suspiro.

 

No había visto el mar, al menos no enterrando los dedos de los pies en la arena húmeda, como pequeños cangrejos. Al menos no, desde hacía unos veinte años. Veinte años, que para cualquiera podrían haber sido una vida entera. Veinte años siendo alimaña arremolinada en este sillón de primera clase.

 

Desde el atardecer enrumbado de las olas, el ventanal era un pedazo de vacío, puesto en este rincón del mundo siempre tan lleno de cosas. Era un agujero sin fin, sin forma de llenarse. Con ganas de tragarse el mundo ingenuo. Empezando por...

 

-mi-

 

Sin darme cuenta ocurrió en voz alta. Siempre había sido así, darían lo mismo las cuatro de la mañana que las diez de la noche.

 

Un poco debajo del techo, abría el cielo en cientos de estrellas. Rojas, azules, blanquecinas, parpadeantes, y cegadores. Encontrándose con mis ojos perdidos. Las amarillas caminan una tras de otra, danzando, esperando su turno, una y otra vez, girando y girando. Al compás de las manecillas del maldito reloj, pero sin importar a dónde apuntasen.

 

-Llevan horas así, y nada ha cambiado.-

 

Darían lo mismo las cinco que las once.

 

Hacia el borde inferior, al borde del infinito ventanal, chocan de nuevo los vacíos. Daba lo mismo la tierra que el cielo. Lo mismo que el asfalto, helado, cansado de tanto pie extranjero, de tanto zapato extraviado, de tantos pasos con ganas de irse, de volver, de llegar. De estar en otro lado menos acá. Debe ser agotador, tan emperifolladas las columnas, tan maquillados los avisos, tan vistosos los carteles y tan engrandecidos los ventanales. Para que todos quieran estar en otros lugares.

 

-Dónde sea, menos aquí.-

 

Me deslizo un poco más hacia abajo en el sillón. Con la cabeza casi completamente horizontal sobre el borde enmaderado, que crujió en un quejido.

 

Sobre mí una del millar de lámparas pálidas, como flor de Venus para una mosca, como trampa para mis retinas. De ahí el silencio eléctrico. El zumbido de ese filamento. El zumbido del millar de moscas gigantescas que quedarán atrapadas en este lugar, en este cuero. Aquí, sin poder moverse, por unas horas, unos días, unos meses. Sin poder volar, como el resto.

 

Unos pasos irrumpieron en la sala de espera. Otro traje impoluto. Otra sonrisa aún sin cansarse, otros zapatos extranjeros, otras ganas de salir de aquí.

 

Otro hombre vuelto mosca. Otro en el atrapamoscas.

 

El hombre levantó la bocina del teléfono. Una voz iracunda le empezó a canturrear. Amanecía de un color rojizo en sus mejillas, que al escalar el sol se extendió a sus orejas. Furioso de amanecer, inhaló una brisa mañanera, y resopló en un ventarrón.

 

-¡Es obvio que sigo aquí, ¿no ves?! Estoy aquí pues no estoy allá.-

 

Era obvio, siempre había sido así.

 

Me pongo de pie. Era hora de mi vuelo. Cómo si no hubiese sido siempre así. No importa cuándo me levantase, sólo podía haberme levantado a esta hora.

 

No estoy allá, dado que aún estoy aquí.

 

En el principio del día, y el final de la noche, lo mismo darían las seis que las doce.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Concurso Cuento corto: LA NEGRA CARLOTA

LA NEGRA CARLOTA Ahí viene! La negra Carlota que se pasea por la plaza, los chicos se vuelven locos por su cintura y su cadera. Pero mira que no ven lo que lleva por dentro, se siente triste, absolutamente sola, denigrada y sin dignidad aluna. Por qué todos los días, tiene que salir a vender su cuerpo, para poder mantener a sus ocho hijos. MARIA CUENTO

BiblioExperiencia: Manuel López Izquierdo: el escritor del futuro

Leidy Xiomara Ponce Castillo Autora: Leidy Xiomara Ponce Castillo Estudiante Es un poco confuso lo que enocasiones se le ocurre a los hombres. Unos creen que con el hecho de madurar indican sabiduría. ¡Qué error! La gente se pone más tonta porque esconde al niño para sacar al hombre Lexi P11 Esta frase podría definir la vida e historia de Manuel López Izquierdo; aunque nadie hubiera dado un centavo por él, es hoy por hoy un escritor de cuentos infantiles. Sus libros desde hace poco han logrado introducirse en muchos hogares de nuestro país, y piensa extenderse en otros países como Chile, Ecuador y México. Manuel López Izquierdo un hombre que desde hace 48 años habita este planeta con el fin de disfrutarlo; apasionado por la vida y por todo lo que está a su alrededor, le encanta escribirle a la muerte, al anciano que estuvo y ya no está, a las mujeres y su profundo sexto sentido, a la sociedad, la naturaleza, al canto de las aves y hasta al r...

VII Concurso del cuento corto, MI GRAN AMIGO EL SICARIO

  Alex es un niño de tan solo nueve años, juega todas las tardes en su bicicleta con sus amigos en el parque de sol a sol. Viven de lo que su madre consigue algo escaso, pero con amor. Su madre trabaja de casa en casa, deja a su niño en la escuela, rumbo a la odisea, camino al apuro de tenerle en la mesa un buen manjar, estregando, estregando Teresa quiere que su niño vea ese esfuerzo, el de trabajar.   Ya es mediodía, Alex sale de la escuela con amigos y sonrisas a sus casas van a dar, llega a la suya encontrando a mamá con un buen plato de comida que se sientan a disfrutar.   El reloj marca las cuatro, una tarde agradable, Alex llega al parque donde se encuentran sus amigos, juegan, se divierten. Se pone dichoso al ver llegar a su mejor amigo, ¡hola! Juan, mi parcero como vas, crecieron juntos en el barrio, desde muy chicos se hicieron hermanos. Alex y Juan junto a los parceros, salen en las tardes todos los días a contarse historias y a olvidarse de su realidad...