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VII Concurso del cuento corto, SIN LUZ AL FINAL DE LA CALLE


Nada nunca les hizo falta. Eso fue lo que siempre le dijo a cualquier intendente, secretario, alcalde, y hasta al mismísimo gobernador.

 

-¿Qué queréis este año?- Prometieron una y mil veces sobre la memoria de todo su árbol genealógico, todos ellos en campaña política. Hasta que se dieron cuenta que en el pueblo no había ni siquiera una mísera cabina de votaciones. -O aunque fuera pues, ya como pa’l remedio, una oficina de correos para poder votar por carta.– Se aflojaban la corbata, se sentaban al borde del escenario improvisado, e intentaban hablar de tú a tú, como personas de verdad y no ídolos de cartón con grabadoras atadas al cuello.

Se dirigían siempre a Rogelio, tan erguido y orgulloso, que la espalda se le curvaba hacia adentro y la joroba la tenía de barriga de barril.

 

Lo miraban a los ojos y le estrechaban la mano. -Señor, qué digo señor, caballero, un caballero eso es lo que usted es. Usted parece ser razonable.- Le sacudían algo de polvo amarillento de la camisa y continuaban.- Aquí hay unas ¿qué?, ¿cincuenta personas? Sí deben ser al menos unas nueve o diez familias.- Contaban con dedos regordetes las casas a cada lado de la única calle del pueblo. – Unas diez familias, con niños pequeños- Y ponían gestos melancólicos sobre sus palabras. -ancianos, que sin el voto están a merced de las decisiones de los demás. A nadie le gusta que decidan por uno, ¿no es así?- Giraban sobre sus talones en grandes ademanes buscando alguna señal de entendimiento.

 

-Así que así será, construiremos una oficina de correos para que puedan votar.- Les dejaba jactarse, sonreír, despedirse e incluso imaginar los vitoreos que recibirían, una vez coronados sobre algún trono gubernamental.

 

Solo al final de su caminata triunfal, se oía una voz estoica hablarles desde detrás de la casa del fondo. Era doña Luz Marina, la matrona. Grande de verdad, aún tanto después de sus mejores épocas. Apoyada en su vara de nácar, cabello impenetrablemente canoso trenzado hasta la cadera alegre, con los ojos fijos en el canalla y la caja de dientes encajada en los lugares justos para enmarcar cada sílaba.

 

-Nada de eso ocurrirá alguna vez aquí.-

Declaraba con su bastón.

 

-Tiene razón caballero, como dicen ustedes, es agobiante que decidan por uno, por eso decidimos que nada de eso se hará. Y hágase el favor de jamás volver. Que nadie lo extraña, y nada nunca nos ha hecho falta.- Dictaminaba y ponía por punto final el resonar de su puerta, dejando boquiabiertos a los embaucadores, puestos a desaparecer.

 

Hasta que la Luz dejó de brillar al final de la callejuela. El barro pareció de repente un poco más pálido, las nubes parecían todas a punto de romper a llorar bajo el peso de sus formas melancólicas, las flores decayeron, las sombras se estiraron de más hacia el este, hacia el final de la calle. Todas las noventa y ocho suelas de zapatos, tacones y pantuflas se arrastraron enlutadas por el pasillo mortuorio, guardados por las filas de velas encendidas, en un fútil intento por alumbrar como lo hacía esa garganta prodigiosa y esa risa fértil. Lamentando a coro engrandecido por el dolor, la pérdida de su faro, todos marchando por la calle hasta el final de la calle sin Luz.

 

Con los años el pueblo se convirtió en municipio, y luego en barrio de otra metrópoli mal planeada y hambrienta de contratos anexados. Se construyó una oficina de correos, una cabina de votaciones y hasta una improvisada registraduría empezó a operar. Se apagaron las velas y llegó el gas, y las lámparas grandotes que brillan tan amarillo de noche. Pero nunca un amarillo como esa voz, jamás como ese amarillo.

 

En el único lugar dónde no hubo necesidad de poner una lámpara, fue al final de la calle. La casa del número cincuenta jamás quedaba demasiado a oscuras y por su acera triunfaba la claridad como si durante toda la noche fueran aún las cinco de la tarde. Sin luz al final de la calle, porque aquella Luz fue todo lo que necesitaban y nada más nunca les hizo falta.


 

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