Tercer Concurso de Cuento Corto: El arribo de mi luz




El arribo de mi luz

Tras aquella espléndida puesta de sol, creí estar seguro de no ver otra cosa semejante.

Se hacía tarde y aún no sabía dónde pasar la noche. Lleno de incertidumbre como cada día, y tirado en aquel asiento de madera astillada que me incomodaba, miraba de un extremo al otro mientras las luces artificiales me enceguecían, a la vez que el faro me generaba dolor de cabeza por su luz intermitente que pasaba una y otra vez sobre mi rostro hasta hartarme, obligándome a cerrar mis cansados párpados e intentar dormir, o probablemente morir.

Tras un profundo bostezo, de esos que cristalizan los ojos, intenté quedarme dormido a la intemperie a pesar del frío penetrante, pero un fuerte ruido me sacudió y me hizo erguir. Al mirar hacia la costa, un enorme barco arribaba tras un extenso viaje. Aquella nave tan hermosa como lo que sabe hacer el hombre, apagó sus motores al lado del muelle, y tras unos minutos empezaron a descender sus pasajeros.

Aunque no me lo esperaba ese día, un sueño cómodo en una cama caliente podría ser realidad si ofreciera mis servicios a aquellos extranjeros. No tendría inconveniente en inventarme cualquier excusa para obtener algún centavo, por ejemplo, servir de guía.

Movido por mi necesidad, caminé hacia el muelle ya con lentitud, el frío taladraba mis huesos, y el hambre, mi estómago. Queriendo tener contacto con ellos procuré saludar, pero me ignoraban tras escanear mi obvia posición social, y su raza Americana incompatible con la mía, me convertía en alguien de poca confianza. Esa noche, y hasta ese mismo instante, mi lucha por sobrevivir fue vana.

Después de ser ignorado por la multitud, sin más, giré alzando la vista hacia la deteriorada silla que al parecer sí terminaría siendo mi dormitorio o quizás mi ataúd. No me percaté de más, y volviendo hacia ella escuché una voz femenina: "¡Help me please!". Miré con dificultad hacia la salida del barco ya a cierta distancia, y allí se hallaba una hermosa dama, semejante al atardecer en su apogeo, con muchas maletas que naturalmente no podría cargar. Inmediatamente fui en su ayuda, pero al acercarme, aquel atardecer en plena noche me congeló más que el frío penetrante de la playa. Escuchando sus palabras que simulaba con mis gestos entender, comprendí que necesitaba ayuda, así que echándole mano a las maletas le indiqué que me siguiera. Hace un instante falseaba mi caminar, pero extrañamente sentía que un relámpago había caído sobre mí, de manera que ahora irradiaba poder. Quizás para ella había sido un simple hombre que por suerte encontró, pero el solo hecho de haberla contemplado, llenó mi satisfacción, ni siquiera me importaba recibir algo a cambio. Dormir en una silla al aire libre, ya no era un problema, como tampoco la muerte.

Llevándola al hotel, entregué las maletas y ella ofreció darme dinero, unos cuantos dólares, después de aquello con una dulce e indecisa sonrisa se retiró. Yo aún no asimilaba siquiera el haber visto una mujer con su descripción, así que lleno de tranquilidad y emoción, fui en busca de algún refugio temporal, pero en ninguno aceptaron aquellos dólares, pues dudaban de su autenticidad. Maldiciendo dentro de mí, volví a la playa en busca del sillón averiado, y finalmente me fui quedando dormido a eso de la media noche.

Que sueño tan reconfortante aunque desprovisto de comodidades, pero justo antes de las seis de la mañana, fue un leve empujón lo que interrumpió mi descanso. Abriendo los ojos, creí que aún seguía soñando… ¡aquella dama de la noche anterior!, y ¡vaya sorpresa!, sus ojos eran tan claros como la mañana. No entendía lo que intentaba decirme, hasta que ella me tomó de la mano, y me llevó a un café. Me agradeció articulando un par de palabras en mi lengua, y tras un gesto cálido se fue dejando una hoja doblada en mi mano.

Cada enero, a eso de las diez, llegaba por el muelle, y yo estando al tanto de su llegada iba a recibirla. No sé cuántas veces vino, pero cierto enero no volvió... no volvió a su hogar, decidió quedarse conmigo iluminando mi oscuridad cual faro, con la luz de su incandescente atardecer.



Muzar

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