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Tercer Concurso de Cuento Corto: La Sucursal de Calipso


La Sucursal de Calipso
Por Segundo María

Era una ciudad que no separaba la sangre de la salsa. Eran hombres que soñaban mujeres como ciudades y ellos los dueños de sus calles. Era una ciudad siempre de Rumba Santa, sin un Jueves ni un Viernes que guardar para privarse de la carne de las ninfas urbanas. Era una Calle del Pecado que daba la bienvenida cada año al visitante desterrado de Los Farallones y de las tardes de los venados. Vengo a buscar a mi ninfa extraviada, entre tantas perdidas, como la María del Carmen Huertas, La Amarilla, La Esperanza, La Andrea Rincón, La Amparo Arrebato, La Siempre Viva. Vengo buscando un cartel, no el de los Rodríguez Orejuela, sino los que aparecen en las vallas de dorsos desnudos. Era una ciudad en que mientras la mitad de los mendigos y poetas duermen, la otra mitad está despierta sosteniendo esta urbe, porque el día que esta ciudad deje de existir se acaba el mundo como decía un arrítmico Rimbaud de aquí. Estoy ad portas de las fiestas dionisiacas de esta ciudad de moral pacata y conciencia hipócrita. No me llaman las siringas, ni las flautas de pan ni los caramillos de caña dulce. No, los ritmos que me invaden no son del golpe en el mármol ni en la piedra. Son ritmos de lejanas tierras. Ritmos de cascos acelerados que inhabilitan mi danza sikinnis.

Baila conmigo, muchacha. Haga de cuenta que baila con cualquier PEPE. No mire mis pies usurpados por Buziriaco. No me vaya a confundir con él, aunque mis intenciones son igual de carnales. No se aterre de mi baile, no es mi estilo, distráigase con mis ojos de azul mediterráneo; usted siempre ha querido habitar otro mar y no entre estas fuentes de Ulises reciclados, Calipsos de esquina y Minotauros de testuz caída. Olvídese de los Telémacos en los estancos esnifando el polvo de Circe. Que su baile sea la danza de la desnudez que rinde tributo a las aguas turbias dentro de las botellas. Si, esa pócima que sabe convertir a los hombres en lobos o cerdos, en cazadores nocturnos con la sangre caliente ofreciendo su entrepierna a Medusa. Yo vengo a pasear de nuevo por estas tierras de flores infladas y pétalos de plástico. Baila conmigo, muchacha, pero no mire mis pies. Yo no miraré sus tacones bestiales ni sus pasos de maga que hacen desaparecer y aparecer mortales en otro templo donde se adora al dios de la música negra.

Tal vez usted ha escuchado de mí, que piso duro y donde lo hago dejo mi marca. Que me ha tocado dejar el vino y pasar por la garganta ese destilado que hacen aquí. Podrán decir lo que quieran, que soy un bebedor, un apátrida, un mundano, un acosador, un adicto. Soy el espejo de ustedes. No dejaré ver mis pies, mis piernas maltrechas, mi aversión hacia las tijeras, las máquinas de afeitar y la cera caliente. No dejaré ver mi fobia a las limas y los cortaúñas. No se ría si nota en mi voz un vibrato de montes encerrados y paredes escarpadas. Yo no lo haré de sus “eses” innecesarias al final de las palabras, de sus “emes” desubicadas ni sus “haches” que cobran un sonido arrastrado. Al contrario, míreme como se mira aquí al extranjero, con adoración. Sepa que vengo del frio y busco calor. Dicen que aquí lo demás es loma y sus habitantes efímeros ignoran que está es una puerta de entrada al Hades por la sucursal del cielo. No puedo decir que me quito el sombrero ante su piel bronceada. Ni ante la osadía que tiene usted de agachar la mirada, reírse, y tener el valor de seguir bailando.









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