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VII Concurso del cuento corto, MATÉ A MI SANGRE

 


-        Bien señorita. Recuérdeme el motivo de su presencia.

 

Dijo el detective Muñoz, cuya trayectoria de gran éxito lo había llevado a ser el detective más solicitado y mejor pagado de esa estación de policía.

 

Ahí, en esa oscura sala de interrogatorio, las manos de la joven estudiante sudaban, a la vez que no podía controlar el movimiento epiléptico de su pierna derecha.

 

-        Yo... Yo...

 

Era obvio su nudo en la garganta, y mientras cruzaba sus manos miró con sus intimidantes ojos verdes al detective Muñoz:

 

-        Señor, he cometido un crimen terrible, y el peso que yace en mi espalda sumado con la culpa que me agobia cada noche, han sido los motivos de mi visita. Maté señor, maté... Maté a alguien que llevaba mi sangre.

 

Era algo rutinario para el viejo detective. Ya la palabra “crimen” no causaba heladez en su sangre y más era su mente inquieta quien se interesaba en encontrar el por qué, el para qué o el quién. Sin embargo, había sido cautivado por la mirada enigmática de esa joven y había experimentado un sentimiento profundo de tristeza hacia la posible criminal.

 

-        ¿Está dispuesta a dar su declaración?

 

Dijo sin poder mirarla a los ojos.

 

-        Sí.

Como todo detective, el detective Muñoz sacó de su abrigo la grabadora de sonido y su lapicero, colocándolos con determinación sobre la carpeta de la mesa. Revisó esos papeles y con gran misterio la miró:

 

-        Señorita Sara, cuénteme lo sucedido.

-        No lo pensé, ni lo vi venir, mucho menos lo premedité, pero entienda, es difícil para una adolescente como yo tener que lidiar con tanto. La universidad, los regaños de mis padres, el oficio de la casa...

 

Ella estaba agitada, su voz se quebraba y sus grandes ojos parecían cristal mientras lágrimas rodaban en sus mejillas. Y después de tomar una gran bocanada de aire, declaró sus atrocidades:

 

-        Créame que soy una persona tranquila, supongo que lo puede intuir. Yo estaba en mi casa, específicamente en el sillón de la sala, y leía, leía un libro. Al lado del sillón está la ventana, y él siempre solía asomarse por ahí, pero justamente era cuando yo estaba ahí. Siempre llegaba con su ruido y escándalo, y volteaba a verme como con una burla combinada con sarcasmo.

 

Puede que a Sara le sudaran las manos, le temblaba la pierna y le lloraban los ojos, pero ni por un segundo le quitaba la vista al detective Muñoz.

 

-        En ese momento inundó mi cuerpo un sentimiento de rabia, de rabia profunda y auténtica, y a pesar de que había soportado por tanto tiempo su incomoda presencia, esa noche llegué a mi tope. Quería que sufriera, no lo negaré. Él también hacía lo que me hacía a propósito. Así que le pegué contra el cristal de la ventana. Él era rápido, y aunque quedó atontado con la golpiza corrió velozmente por toda la sala. Pero yo ya no estaba para juegos. Con el mazo que guardaba papá en el cajón de la televisión, le di un golpe contundente en la cabeza. Ni siquiera sé cómo lo hice, pero su diminuto cuerpo yacía en el suelo mientras yo me quedé perpleja por ese pequeño charco de sangre, sí, sangre que también me pertenecía.

 

De manera sorpresiva, la joven suelta un grito desgarrador y aprieta con fuerza la camisa del detective:

 

-        Lo maté señor... Maté a mi propia sangre.

-        Bueno -se dijo para sí mismo el detective Muñoz- No queda más que ir a la escena del crimen.

 

No quiso interrogarla más. Simplemente apagó la grabadora, guardó su lapicero, se abrochó la chaqueta y se dirigió al domicilio del asesinato.

 

El detective Muñoz se extrañó al llegar a dicha residencia, pues para haber sido escena de un crimen atroz todo estaba en perfecto orden, excepto el sillón de la ventana.

 

-        ¿Dónde está el cuerpo?

 

El detective Muñoz quedó anonadado. Ahí estaba, reposaba en el piso sobre un pequeño charco de sangre el diminuto cuerpo de un zancudo.

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