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VII Concurso del cuento corto, PIEL DE GALLINA

 


Cuando papá trabajaba en el banco hasta tarde, mamá y yo lo esperábamos en la sala. Ella solía sumergirse en las novelas de Julio Verne, y quizás era la quinta vez que lo hacía en el mes. Mientras ella se perdía en la lectura, yo me entretenía coloreando sin salirme de la línea. Siempre me gustó el color rojo, tal vez porque la casa estaba decorada en tonos cálidos. Sin embargo, lo que realmente resaltaba era el rojo en las paredes del comedor.

 

Sin importar cuánto lo intenté nunca conseguí mantenerme despierto para recibir a papá. Me quedé dormido en el sofá de la sala frente al televisor, después de tomar el vaso de leche tibia que sagradamente me daba mi madre cada noche, ella decía que crecería sano y fuerte como mi hermano mayor. Normalmente, me despertaba en mi cama a eso de la una de la madrugada. Todo estaba en completa oscuridad, pero con el tiempo era posible acostumbrarse a las penumbras de mi habitación y vislumbrar la puerta. Me gustaba recorrer la casa, contar cuantas arañas había en las esquinas de las ventanas y descubrir nuevas grietas en las paredes del primer piso. A veces encontraba a mi hermano en la sala estudiando para algún examen. Mi relación con mi hermano era simple: él no se metía en mis asuntos y yo me encargaba de mantener a raya a las sombras que había en la casa, aquellas que lo acechaban desde que llegué a su vida.

 

A pesar de que era divertido recorrer la casa, nunca me sentí cómodo con lo que hallaba en la oscuridad, aquella cálida atmósfera que se mostraba durante el día, en la noche se perdía entre tonos azules y morados. Era como estar en una casa que no era mía.

 

Con el tiempo, mi papá dejó el hábito de llegar tarde. Al menos durante un año él estuvo acompañándome en las tardes, mientras tanto mamá empezó a trabajar en una floristería no muy lejos de donde vivíamos; todo parecía estar bien en la casa, pero nadie quería hablar sobre la nueva afición de mi hermano. No estoy seguro de cuándo comenzó, solo recuerdo empezar a ver un resplandor naranja proveniente del patio, tal vez inició quemando sus exámenes fallidos, aquellos por los cuales se frustraba y golpeaba la pared.

 

Antes de que saliera en las noticias, papá y mamá habían ido con la policía para dar aviso de la desaparición de mi hermano, nadie lo había visto desde hacía dos noches. El día que se marchó, fue la única noche que no salí a recorrer la casa. Cuando desperté las luces del corredor estaban encendidas y la pelea de mis padres estropeaba el silencio que usualmente acompaña a la casa. Mi hermano había empezado una fogata en la sala. Quizás lo hizo por la desesperación que le provocó la propuesta de mis padres de mandarlo a una institución de salud mental, lo cual fue una sugerencia de la escuela, ellos enviaron una citación por el comportamiento antisocial que presentaba con las personas a su alrededor.

 

Durante algún tiempo creí que si aguantaba el olor a carne quemada que provenía del cuarto de mi hermano y me quedaba callado sobre la gasolina que mi hermano robaba del auto, mi silencio sería el apoyo que él necesitaba para entrar en razón, pero me equivoque.

 

Intenté entrar a su cuarto, para ver si podía encontrar algún indicio que me llevara con él, no podía parar de pensar en el peligro que representaba para sí mismo y los demás. No había nada en ese lugar, toda la gasolina había desaparecido. Escuché un ruido en la cocina, pero no pude moverme, vi a mi hermano correr por el patio. Pero sentí miedo al ver esa sonrisa llena de locura y el brillo en sus ojos, el brillo que solo aprecias en un momento de éxtasis, lo último que sentí fue la piel de gallina y el impacto contra la pared.

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