Ir al contenido principal

VII Concurso del cuento corto, TRES Y CUARTO

 


Eran las tres y cuarto. Llevaba una hora sentada frente al computador, observando la pantalla vacía. Mi bloqueo se incrementaba minuto a minuto, siendo incapaz de escribir una sola palabra. La sensación de inutilidad y la creencia en mis debilidades resonaban como un eco en las paredes de mi habitación. Agobiada por la hoja en blanco, decidí salir a caminar. La gelidez del aire me despertó en medio de la incertidumbre. A lo lejos y en lo alto, la noche perfecta se imponía. Siempre me había preguntado si podría ser diferente, aquella inmensidad oscura que llegaba a parecer un vacío. ¿Qué existiría más allá de lo distante, donde nada es visible?

 

Sin darme cuenta, había llegado a la cúpula. Su apariencia era imposible de ignorar, aunque resultara vistosa para mi gusto, era única. En la entrada, se encontraban las estatuas helenas, pequeñas figuras que, según la gente, vivían en una realidad alterna mientras dormían aquí. Continué avanzando hasta alcanzar el punto más alto de la cúpula, donde entre los muros se abría un pequeño espacio similar a un mirador.

 

Subir hasta este punto siempre me cansaba, pero hoy el aire era tan denso que apenas respiraba. Decidí recostarme y elevé mis piernas para relajarme un poco, obteniendo una vista hermosa del cielo. En mi mente, imaginaba a todas aquellas personas que en algún momento estuvieron en este lugar, sobrecogidas por el mismo silencio y la noche que presenciaba hoy. Me sumergía entre millones de pensamientos e ideas. "Cómo desearía vencer a esa hoja pálida y aburrida..."

 

Me desperté asustada, algo caía continuamente sobre mi frente. No tenía forma, era escurridizo y transparente. Caían una tras otra del cielo. Estaba inmóvil, sin explicación. Sentir esa extraña sensación provocaba escalofríos en todo mi cuerpo. Intenté mantener la calma o pensar en algo, pero mi cabeza no dejaba de buscar respuestas. En ese vaivén de teorías, recordé una historia que contaba mi mamá.

 

Mi respiración se aceleró. Cuando finalmente logré moverme, salí corriendo. ¡Lo sabía! El cielo se estaba derrumbando. Entré en pánico, no podía creerlo. El cielo que había admirado por muchos años se desmoronaba ante mí, despedazándose. Mi ropa se llenó de fragmentos del cielo, esparciéndose por todas partes. En mi desesperación por no saber qué hacer ni a quién acudir, me vio. Sus ojos me reconocieron y me analizaron rápidamente. Su rostro lo decía todo: el horror había comenzado.

 

—Nunca pensé que fuera real —me dijo mientras la fuerza y frecuencia con la que el cielo tocaba el suelo aumentaban.

—Nada será igual. Somos una pequeña parte de un mundo que desconocemos, y ni siquiera ellos nos conocen. Somos inexistentes.

Su expresión me inquietaba. Sus ojos me revelaban algo que no lograba comprender. —No hay escapatoria, todo ha llegado hasta aquí.

 

Antes de que pudiera responder a alguna de mis preguntas, la sangre recorrió su ropa y se mezcló con los fragmentos del cielo. Ella estaba sin vida frente a mí.

 

Las personas gritaban, lloraban, reían, morían. El caos se apoderaba de este mundo. La ciudad se inundaba y quedaba en ruinas. El cielo parecía gritar y enfurecerse, generando destellos de luz que culminaban en llamas. La ciudad desaparecía con tal rapidez que mi única salvación era el mirador. Allí, el caos era un ruido lejano.

 

Sin embargo, era una ilusión falsa. Todo quedaba sepultado y mis pies comenzaban a inundarse. Al levantar la mirada del suelo, aquella sustancia se erguía en el horizonte, tocando el cielo "tocándose a sí misma". En la cima, casi formando un espiral, avanzaba hacia mí. En ese momento, supe que era mi fin...

 

No podía apartar la vista de las burbujas que se formaban en mi vaso. Quizás la vida es invisible para nosotros. En dos segundos, o tal vez más, las burbujas habían desaparecido. Eran las tres y cuarto, y mi hoja seguía en blanco.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Concurso Cuento corto: LA NEGRA CARLOTA

LA NEGRA CARLOTA Ahí viene! La negra Carlota que se pasea por la plaza, los chicos se vuelven locos por su cintura y su cadera. Pero mira que no ven lo que lleva por dentro, se siente triste, absolutamente sola, denigrada y sin dignidad aluna. Por qué todos los días, tiene que salir a vender su cuerpo, para poder mantener a sus ocho hijos. MARIA CUENTO

Carta al desamor: "Te extraño"

Te extraño (Autora: Martina) <<Me duele pensar que todo es pasajero, me duele aceptarlo, y en esa misma lógica, aceptar que un día te irás, seguirás tu vida y tendrás muchas risas sin mí, al lado de alguien que no esté tan remendado>> Recuerdo muy bien el momento en que leí eso. Cuando lo hice me di cuenta de que te amaba más de lo que antes creía hacerlo, añoré estar a tu lado en esos momentos y que lo hubieras dicho mirándome a los ojos; te habría abrazado tan fuerte como nunca lo hice y te habría besado como siempre quisiste que lo hiciera; te habría hecho sentir que para mí nunca iba a haber alguien más, que pasaba mis días con el temor de perderte, que a medida que compartíamos nuestros días y nuestras vidas, aunque fuera por momentos, empezaba a querer compartir contigo el resto de mis días, empezaba a querer entregarte toda mi vida, y ser completamente devota a ti. No debí hacerlo. Lo sé. Pero es imposible controlar lo que sientes y hacia quien lo...

Concurso de Cuento corto: La Paz se hace letra 20.17: LA ARAÑA QUE NO SABÍA TEJER LA TELARAÑA

LA ARAÑA QUE NO SABÍA TEJER LA TELARAÑA “ Un montón de circunstancias, me presionaron a elegir; cuenta me di entonces que empezaba a vivir” Cuentan los insectos que hace tiempo vivió una araña que dizque no sabía tejer su telaraña, porque según era muy testaruda, le decían “la araña sorda” a pesar de que oía, pero no escuchaba. Que era tan flaca como un asterisco puesto que llevaba una obligatoria dieta en lugares con muy pocos insectos de su gusto. Las arañas viejas, los caracoles, los gusanos, las grandes hormigas, intentaban aconsejarla de que buscara un lugar digno de su especie para llevar la dieta que se merecen las buenas arañas y sobre todo que aprender a tejer; pero ésta se negaba a escuchar y presuntuosamente les contestaba: “¿Qué van a saber ustedes de cómo tiene que vivir una araña como yo? ¿Acaso ignoran que la naturaleza me ha dotado con el instinto de cazadora?”, al parecer, era ella que no comprendía quién ignoraba tal asunto. Es tanto, que una...