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Tercer Concurso de Cuento Corto: “No te preocupes hijo que eso es normal”




No te preocupes hijo que eso es normal”

Es difícil olvidar aquella época de la juventud cuando por instinto comenzamos a enterarnos de las una y mil manifestaciones con que poco a poco el ser humano se va relacionando con los deleites de la carne. Yo era un mozalbete tímido y con una simpatía natural de la región, sin experiencia para sopesar de manera responsable la diferencia entre una relación a la que se le pudiera involucrar sexo y una verdadera amistad. Por aquella temporada conocí a una muchacha de tez morena estatura promedio y un poco abultadita de carnes cuya mirada era cálida y expresiva, su cabellera corta, ensortijada y frondosa y sus labios gruesos, carnosos y sensuales.

Posiblemente había transcurrido un mes desde que la viera por primera vez parada en la entrada a su casa en actitud distraída y un día entradas las horas de la noche al pasar frente a ella y tratar de abordarla sonrió tímidamente lo cual me dio valor para acercarme y saludarla cosa que aceptó, iniciándose así mi primera amistad. Poco a poco fui ganando su confianza y la de la dueña de casa quien me autorizó a platicar con ella en el mirador del segundo piso desde donde se divisaban el patio, un pequeño cafetal y más al fondo una cañada que separaba con el municipio donde ambos residíamos. Desde el mirador se podía divisar la inmensa bóveda celeste en oportunidades despejada y en otras oscura por las nubes que flotaban especialmente en épocas de lluvia, atrás de nosotros habían varias piezas donde descansaban algunos trabajadores en épocas de cosecha y al final del mirador hacia el lado izquierdo estaba la cocina desde donde la dueña de casa nos vigilaba o se sentaba a tejer bajo la tenue luz de una lámpara de querosene.

Los acontecimientos comenzaron a sucederse en orden cronológico. Primero un beso y luego otro, a lo cual siguieron abrazos y posteriormente caricias inocentes las cuales poco a poco se fueron haciendo más sensuales aprovechándonos de la oscuridad del entorno y de, que quien nos custodiaba en oportunidades se quedaba dormida. En uno de estos abrazos instintivamente acaricié sus nalgas y al no encontrar resistencia deslicé mis manos por entre su sayo, y al contacto con sus calzones poco ceñidos y unidos a sus caderas con resorte, en medio del nerviosismo traté de bajárselos pero estos cayeron y se explayaron sobre el piso cual mantarraya en la profundidad del océano.

Dos cosas sucedieron en el acto que me atemorizaron pese a estar en medio de la penumbra: Primero la vos de la dueña de casa quien de manera amigable se acercó a ofrecernos un tinto mientras yo trataba de cubrir con los pies los delicados calzones que yacían en el piso ocultos por la oscuridad de la noche, ante lo cual contesté afirmativamente, por lo que la señora se dirigió a la cocina, acto que aproveché para ayudarle a mi compañera a colocar presurosamente los pantalones en su lugar; luego, del nerviosismo pasé a una mezcla de temor, puesto que mi órgano viril se había puesto erecto, debido a lo cual, salí despavorido sin esperar el tinto y sin despedirme. Al llegar a mi hogar expliqué a mi madre la experiencia, creyendo que me había enfermado de un momento para otro y temeroso que la mencionada rigidez se extendiese por todo mi cuerpo.

Mi progenitora, después de yo comentarle lo que me había sucedido procedió a decirme de una manera calmada y risueña. “No te preocupes hijo que eso es normal”, cuando un hombre tiene contacto con una mujer en la situación que me explicas, hay una respuesta natural del cuerpo que lleva a una erección y esto no es ninguna enfermedad”, esto indica que ya te estás convirtiendo en un adulto y debes tener mucho cuidado porque puedes embarazar a una niña y volverte padre de familia desde muy joven”. Ante esta explicación, un poco calmado pero temeroso, opté por no volver a acercarme a una chica en esas circunstancias hasta que mis padres no me explicaran el momento propicio para hacerlo.

Havo

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