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Quinto Concurso de Cuento Corto: EL DENTISTA

 

 

Tic, tac, era lo único que escuchaba en la sala de espera mientras me quitaba la mugre que tenía debajo de las uñas. El dentista salió de su consultorio y dijo mi nombre. Alcé la mirada y sus ojos ya estaban en los míos. Me levanté y entré a su consultorio. Me acosté en el sillón estomatológico y él prosiguió a ajustarle la luz.

 

Era alto. Su pálida y pecosa piel se asemejaba al interior del suave pan recién horneado. El degradado de sus ojos era como el café moca de mi desayuno y sus ojeras revelaban años de noches en vela. Su esponjosa barba color canela estaba cubierta por el tapabocas dejando a la imaginación el postre. ¡Era imposible no salivar!

 

Me pidió que abriera grande la boca y comenzó a revisar mis dientes. Estaba tan cerca de mí que su aliento empañaba mis lentes y su apetecible aroma me sedaba.

 

  Tienes la dentadura de un niño. – Me dijo emocionado.

 

  Tus dientes son resistentes, tan blancos e inocentes como los de leche. Tener esta dentadura es inusual a tus 20 años.

 

Entre confusión y asombro solté una risa nerviosa. Sentía cómo pasaba su dedo por mis dientes y lentamente se acercaba a la encía dónde se supone deben estar las cordales inferiores y cada vez iba más profundo. Todo esto ocurría mientras me miraba fijamente, sin parpadear.

 

  Tienes buenos reflejos y salivas mucho.

 

La seriedad de sus palabras nublaba mi juicio. Sin embargo, no quería que la cita terminara aún.

 

El dentista me hizo la valoración y programó la próxima cita para el día siguiente. Por culpa de su cautivadora presencia, no me fijé en el motivo de la cita y para cuando intentaba descifrar la irreconocible caligrafía, ya estaba fuera de su oficina.

 

El lugar era nuevo en el barrio. Su oficina y consultorio se encontraban en el primer piso, su casa, en el segundo. No pude contenerme frente a las promociones de inauguración que ofrecía.

 

Caminando por el andén hacia mi casa miraba los cuervos volar sobre mí como cenizas sin dirección. Pensaba en sus extraños comentarios y su imborrable mirada incitante. Mi atracción hacia él crecía con cada paso que daba. Imaginaba escenarios donde la relación que nos unía iba más allá de paciente y doctor, pero nuestras primaveras eran diferentes y como las cenizas, permanecerían en el aire sin tocar tierra.

 

El día de la cita llegó y la impaciencia me consumía. Me cepillé dos o tres veces y no sé cuántas veces me revisé frente al espejo. Cuando llegué, la recepcionista estaba a punto de salir.

 

  No te preocupes, Marta, yo me encargo. – Dijo el dentista.


Ella se despidió, tomó su bolso y se fue. El dentista me invitó a seguir a su consultorio, me senté en el sillón y disfruté sentir cómo a medida que me recostaba el espaldar bajaba dejando ver progresivamente su rostro iluminado como si fuera un amanecer. Abrí la boca antes de que pudiera pedírmelo y se quedó mirando fijamente.

 

  Tus dientes… son perfectos. – Me decía mientras se quitaba el tapabocas. Era la primera vez que lo veía sin él. El postre estaba servido.

 

  ¿Perfectos? De ser así no estaría aquí.

 

  ¿De verdad vienes por tus dientes?

 

Su mirada se acercaba lentamente a la mía atravesando la brecha de nuestras primaveras. Nuestros labios se rozaron y caí inmediatamente en hipnosis. Tomó mi mano y me condujo al segundo piso donde estaba su casa. Cruzamos la sala y el comedor hasta llegar a su cuarto en medio de la oscuridad. Allí abrió su armario y sacó un cinturón, me giró y agarró mis manos para amarrarlas. Pasó sus dedos por mis labios tocando mis dientes y salió del cuarto cerrando la puerta.

 

Sin él a mi alrededor, regresé vacilante del sueño artificial. Me deslicé por las paredes buscando el interruptor. Cuando lo encontré, lo encendí. El armario abierto tenía frascos de cristal etiquetados como incisivos, molares, natales, … y dentro de ellos evidentemente había dientes. No podía mantener ni los ojos, ni las manos quietas. Cuando vi que la perilla de la puerta giró, supe que era demasiado tarde para mí.



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