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Quinto Concurso de Cuento Corto: VESTIGIO DE MAL AGÜERO.

 


 

Me sentía sucio, despreciable, culpable. ¿Qué era eso qué sentía? A media luz anduve, perdido y solo, con una extraña sensación de vacío. El paisaje era depresivo, plomizo y con cierto misterio. Las sombras usurpaban por mi camino, los lamentos agónicos en el aire me ensordecían, y la niebla de la noche oscura me segaba.

 

Encontré un bar después de un par de calles mojadas, necesitaba despejar ese sentimiento. El bar parecía un cortejo fúnebre, no había risas ni alegrías, ni las miradas de placer ni de hastío. Las caras largas y famélicas mostraban su lado más bajo. El viento helado que entraba me hacía sentir esa morriña, esa despreciable sensación de escarnio.

 

El bar mal iluminado me mostró una solitaria mesa que me atrajo enseguida. El polvo, la madera vencida por el tiempo, la humedad y la soledad en medio de la muchedumbre lo hacían un lugar perfecto. Me senté y alcé mi mano en señal de pedir algo al cantinero.

 

-Una cerveza por favor- dije con voz sedienta.

 

-En seguida caballero – Evidentemente de caballero no tenía nada, ni por modales, ni por mi ropa, solo unos andrajos me acompañaban desde hace días.

 

Nuevamente sentía esa horrible sensación, mis manos temblaban, el sudor por mi barbilla goteaba en la mesa vieja del bar. La mirada nublada me hacía parpadear con ímpetu y mi corazón parecía salirse de mí. No aguantaba más ese lugar, el sonido del crujir de la madera al andar, las ambiciosas miradas de unas tres o cuatro mujerzuelas, la música escuálida de sus radiolas y el vaivén de los entristecidos murmullos. Pagué mi cerveza y salí enseguida de aquella caverna depresiva donde lo poco que quedaba de mí moría sin dejar rastro.

 

El paraje funesto, la luna opaca, las calles mojadas, ese frío sepulcral que acobijaba el bar. Ahora todo tenía sentido, ese vacío, el sentimiento de culpa, la melancolía. Presentía el asecho de demonios, la mala noticia de algo venidero.

 

La fatiga me obligó a caer de rodillas en medio de la calle, ya estaba en mis últimos suspiros y sólo se me venía a la mente imágenes premonitorias de una masacre injusta y de poco valor, días teñidos de sangre, las banderas coloridas y llenas de esperanza se veían abandonadas y cansadas de luchar una guerra innecesaria. Gritos y estertores moribundos en medio del caos de una ciudad echa trisas. Sueños abatidos por una legión de demonios que en su cobardía se escondían tras los escudos y el amparo de un general despiadado, una máquina de matar.

 

El ensimismamiento me golpeó en medio de mi agonía y me hizo preguntar – ¿Qué será de este mundo si el valor de la vida no significa nada? -. La pregunta me aniquiló, me despojó de toda esperanza y de fe, perdí las fuerzas para razonar, para hallar una respuesta que me diera como mínimo, una sonrisa para morir. Pero no, Dios me había abandonado, sentía que caía a un hueco profundo, oscuro y mal oliente, era mi fin.

 

¿Acaso no podía tener una muerte digna?, o por lo menos, ¿no podía morir con la esperanza de ver la premonición de un futuro en dónde vivir sea seguro? ¿dónde exigir el derecho a la vida no sea sinónimo de morir por ello?

 

Ahora por fin comprendo la razón de aquellas emociones y sentimientos que me hicieron llegar a la muerte, era la impotencia de no poder hacer nada, de saber que aquí muero con la verdad, con la esperanza y con la fe de un cambio. Muero y conmigo los sueños, los antónimos de esas repulsivas imágenes de mis premoniciones. No queda más que condenarme a la resignación de morir. Yo me lo busqué y esta es mi paga, un contrato en el cual luchar por un mejor país se cobra con sangre.

 

Un último aliento me sacó de esa pesadilla de mala muerte y, sólo recuerdo en ese instante, el último azote con violencia de un uniformado.

 

El silencio se hizo presente y con él el aturdimiento. Solo queda el vestigio de un mal agüero del que nadie sabe, perdido en la impunidad.

 

~Fénix Sánchez.



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