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Cuarto concurso de cuento corto: ESENCIAS




 ESENCIAS


La vi caminar. Y de la nada se instaló toda la vida alrededor, como fragmentos de un cuadro volviéndose a unir. Estaba, de un momento a otro, en mi universidad. Aquella chica iba delante. Me di cuenta que también se dirigía al ascensor. Esto ya presupuestaba una increíble y cautivadora casualidad.

Era hermosa. Rubia. De piel muy clara, delgada y por lo que podía deducir vestía de forma cara y ostentosa. Su rostro, aunque al comienzo no me fue posible verlo, tenía la certeza de que era hermoso, seguramente de líneas delgadas y ojos achinados; una boca seductora, como de esas que andan cazando cuerpos. Sabía que era preciosa por el mero hecho de saberlo, como casi siempre sucede en estas premonitorias meditaciones del espíritu.

Pero lo que me obligó a fijarme en ella fue su esencia. Su aroma. Aunque no su aroma terrenal y por lo mismo efímero, sino uno que la diferenciaba del resto. La hacia única, y que en mi opinión una fragancia así debe ser, cuanto menos, eterna. Cuando llegamos al tercer piso ella salió primero. Mi talón tocó el suelo afuera del ascensor y un sonido agudo muy fuerte, y no propio de este me estremeció. Parecía venir de todas partes o al menos eso percibía yo.

Desperté.

La alarma retumbaba en mi cabeza como si me hubiera ido de fiesta la noche anterior. Quedé algo inquieto con el sueño. A pesar de eso, finalmente fue trasladado a los archivos de mi memoria, mi mente ya necesitaba ocuparse de cosas más importantes

Sin embargo, al llegar a la universidad recordé, como si fuera el destino mismo quien me lo mostrara, el sueño que había tenido. Para mí sorpresa volví a sentir esa esencia que logré contener unos segundos la noche anterior. La reconocí por el sentimiento de bienestar que me inundó. Aun cuando los sueños muchas veces, y veo pertinente aclarar esto, siendo propios del alma se dejan seducir por la lujuria y las reacciones lógicas del cuerpo, de esas que nada tienen que ver con el espíritu. Pues bien, volviendo a mi realidad ahora todo resultaba igual que en el sueño. Pero esta vez, y está aquí la diferencia, la muchacha que tenía delante de mí no era rubia, ni tenía la delgadez propia de una modelo con principios de desnutrición. La que tenía entonces frente a mí era una chica baja de estatura. Con la piel de un color chocolate que no sabía que me gustaba hasta aquel día, cabello totalmente negro y que no vestía de forma jactanciosa. Tenía una presencia grata. ¡Era hermosa!

Lo dude un segundo. Lo acepto. No obstante, entendí después. Entendí que era la esencia lo que importaba en aquella chica.

Entendí, por eso, que la esencia del alma confundirá solo a aquellos que no sepan mirar más allá de sus pupilas.

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