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Cuarto concurso de cuento corto: Serendipia




Serendipia

Jamás verás al diablo en medio de un campo vacío, siempre estará en la multitud mezclándose con lo común y lo decente, haciéndose pasar por uno de los creyentes. Él te dará la más sabrosa de las mieles y jamas llenará de sal si tú vida deseas endulzar.

Nadie lo creería, ni siquiera pensarías que al ir a una simple biblioteca buscando alejar el hastío de siempre con un estante lleno de tus fascinaciones, te encontrarías la peor de tus perdiciones. Y es que en el instante que tomé aquel libro viejo y empolvado, sentí la suave brisa de la oscuridad envolver mi interior, mezclándose con mis emociones negativas y creando un desasosiego que ninguna persona podría ayudarme a controlar. La sola imagen del cadáver de un hombre abusivo, alcohólico y drogadicto cubierto de sangre, cuyos intestinos si bien podían verse desde allí, infectados de tanta basura, me produjo una sensación como de amargura y alivio simultáneos. Me posicione en arcadas, esperando que mi desayuno no terminase en el fino mármol que se hallaba debajo de mí.

Mi padre está muerto.

Como si eso fuera posible. Al menos mi mente incrédula trataba de convencerme de que no era cierto lo que mis ojos habían visto en aquel objeto vetusto que sostenían mis manos temblorosas.

No fue sino hasta que la gallardía llegó a mi ser, que confirmé lo que había visto de manera rápida, como si fuese a sentir algún alivio de no tener al abusador nunca más cerca de mi. ¿Debía alegrarme? ¿Eso en qué me convertiría? No quise hallar las respuestas a esas preguntas, y tras las intervenciones de la policía, quedé libre de ir a vivir con otro familiar gracias a mi mayoría de edad.

¿Que si me quedé con el libro? Claro que no. Pero la duda me carcomía por dentro, así que semanas después regresé a la biblioteca, mirando de soslayo cualquier sujeto que pareciera atípico. Efectivamente un hombre que estaba entre los cuarenta y tantos fue el que se acercó al estante. Su reacción me dejó abstraída, puesto que no demostraba el más mínimo temor mientras observaba el libro, dejándome con sospechas de si era o no un misántropo.

Decidí seguirlo y así fue como el destino me presentó a Robert Kanmwey, un pobre hombre cuyas fuerzas enervaron al entrar a su casa y encontrarse con todo un río de sangre bañando a su único hijo.

¿Habría evitado algo si me quedaba con el libro o incluso, me deshacía de el? Posiblemente. Y nunca dejo de lamentar mis acciones tan apresuradas, lo cual llevó a una congoja de semanas interminables en donde tuve que aparecerme por las mañanas tratando , aunque sea un poco, de crear una repercusión positiva para él.

En esos ataques de dolor intensos, salían palabras que revelaban poco a poco la historia de él y su hijo. El chico jamás lo quiso y lo trataba como la peor escoria del mundo y aún así Robert seguía allí con entereza y vigor.

¿Y si el libro le daba su merecido aquellos desagradecidos que golpeaban la mejilla del individuo afable? No queríamos, pero luego de hablarlo detenidamente, decidimos quedarnos con el libro. Para sorpresa de ambos, días después apareció una especie de comunicado en una de sus páginas:

"Salvar a otros del dolor no quiere decir que se deba dejar a la injusticia correr por las calles"

Entonces lo entendimos, podíamos hacer alguna especie de cambio sin evitar que esas cosas sucedieran y en su debido proceso, hallar a las personas que piden a gritos silenciosos una ayuda que jamás se les dará.

Los siguientes meses, el libro se llenaba de datos verosímiles que incluso se detallaban mejor que un expediente policiaco. Y si hablamos de la policía, podían llegar dos o tres horas después de que nosotros ya revisabamos la escena miles de veces.

— Robert— sorbi mi taza de café, por quinta vez en el día en lo que el libro insólito se abría a voluntad propia mostrando el siguiente objetivo.

— ¿Otro caso?

— Vámonos— pronunció él.

¿Esto es una injusticia que lleva a la satisfacción, o una satisfacción echa de injusticia?

Posiblemente sea: Serendipia.

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