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Cuarto concurso de cuento corto: La Vida como un trago.



    La Vida como un trago.

  • Serían las 4:30 de la mañana cuando mucho de aquel miércoles, una madrugada fría como todas las de estas últimas semanas, aviso de que el calor no iba a dejar sombra sin recalentar. Las puerta persiana retumbó por todo el parque una vez más como todas las madrugadas, las ruedas que recogían aquella lamina con pliegues que parecía rígida hacía unos segundos, ahora la recogía alrededor de un tubo, a un reducido tamaño de menos de ¼ de lo que había sido anteriormente. Se recogía como lo hacían unos y otras alrededor de la plaza, habitantes de calles todos, envueltos en una posición casi fetal, como si se encontrasen en el calor de…
  • Va a contar de una buena vez ¿qué fue lo que le hizo a Cacharro?
  • Disculpe, señor agente, solo quería ser fino en mis declaraciones para que no hubiese cabida al error
  • ¿Usted sigue con esa idea de poeta y escritor?
  • Pues, yo le diría que no, porque por algo estoy en la panadería, usted sabe que realmente yo me bandeaba con las monedas que me daban, porque los poemas tocaba dejarlos más bien baratos
  • Bueno, pero usted sabe que por andar en esas maricadas es que se emproblemó esa vez con Raúl
  • ¿Con quién?
  • Con Cacharro…
  • Ah, pues yo problemas con él no tuve, al revés. Venir a tirarme mis poemas y tratarme de maricón ese viejo hijueputa.
  • ¡Bueno, se calma! Que con su actuar no me da más que razones para pensar que usted lo mató.
  • Yo no fui, yo a ese sujeto no le hice nada
  • Entonces qué era lo que iba a contar
  • Ese día, como a las 5, después de haber abierto la panadería y mientras estaba atendiendo la clientela vi a lo lejos un bulto en una silla que se movía, me percaté que era Cacharro.

Él se acercó algo tambaleante, quizás borracho aún, en su bolsillo se veía una caneca de chirrinchi, el preciado líquido para Cacharro se asomaba por la botella transparente con cada bamboleo, como intentando escapar. Se acercó a pedirme un café, pero le dije que no, que no podía, a lo que respondió que dejara de ser tan chichipato, que era pa’calentar la tripa. Pero yo no le di nada, no ve que luego me descuadraba
  • Y entonces ¿qué pasó?

  • El hombre ya sacó la botella a darme y yo también me le paré firme, pero afortunadamente estaba ahí un señor que se ofreció a gastarle el tinto a Cacharro y ya la cosa se calmó.

Como a eso de las 10 justo después de haber cerrado la panadería y haber hecho conteo de caja, me dirigía para mi casa y me prendí un peche a la altura del parque de…
  • Sí, sí, ya sé cual
  • Bueno, en ese parque me iba fumando mi peche cuando me encontré a Cacharro a unos metros frente a mí, en la esquina, con su cabello largo y enredado, que salía como serpientes bajo esa gorra mugrosa de publicidad política, con el logo bastante despintado, al fin y al cabo es para que dure poco. Su sonrisa se dibujaba grande y macabra, cuando de repente se abalanzó sobre mí, pero justo al escuchar mi grito ahogado en la noche. Se detuvo, su sonrisa se desdibujó y sus labios se humedecieron, sacó su botella para beber un sorbo y fue ahí cuando vi como todo el líquido se volvía una suerte de masa viscosa que se deslizaba por todo su rostro, pero la botella no caía, Cacharro no caía. La botella permanecía estática en el aire mientras Cacharro se deslizaba suavemente hacia ella, mezclándose con esta masa, y digo mezclando por tratar de definir la situación, porque en realidad Cacharro no le aportaba nada a la masa, ni color, ni textura. Todo eso ocurría mientras me encontraba inmóvil.
  • ¿Era un peche o bareta? Mejor ábrase de acá. Que me da es como piedra, venir a embaucarlo y echarle cuento… Pero sepa que queda bajo investigación y se le puede estar llamando… Y a ver si deja de meter tanta maricada de una vez.

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